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No soy partidario de fomentar un aprisionamiento de la historia para convertirla en materia de académicos titulados. Es una pena que persistan cerebros que se dediquen a reconstruir impresionantes acontecimientos desde un solitario punto de vista. Hace 150 años comenzó una gesta libertaria que revolucionó todo el andar de nuestra nación. Nuestra “Guerra de Independencia” es uno de los procesos de mayor valentía tejido por el pueblo cubano con mucha sangre y sacrificio.

La Iglesia jugó un papel significativo -con fallos y aciertos- dentro del movimiento libertador. Coincido con historiadores como el profesor Rigoberto Segredo Ricardo en que “al menos entre 1868 y 1874 no puede hablarse de unidad incondicional entre la Iglesia católica y el dominio colonial”.

A pesar de que por decreto pontificio el clero de la Isla estaba obligado a cumplir los designios de la jerarquía española, no fueron pocos los sacerdotes que a costo de su vida se lanzaron a la manigua. Un hombre que a veces no se entiende, por qué no aparece dentro de los libros que instruyen a los estudiantes sobre historia de Cuba, es el padre Francisco Esquembre y Guzmán. A este sacerdote le ofrecieron anular la orden de fusilamiento en su contra si pisoteaba la bandera cubana o negaba su patriotismo, pero él prefirió morir al estilo de Jesús que ser un apóstata de sus creencias.

Diego José Batista y Juan Luis Soleilac son nombres que con certeza no colmarán los medios masivos que hablen de nuestras luchas. Pero estoy seguro de que estos dos sacerdotes tampoco soñaron con ser recordados tras desafiar el poder español para bendecir la bandera y entonar un Te Deum en honor de los insurgentes en Bayamo, donde, no por casualidad, se cantó por primera vez el Himno Nacional en la Iglesia Mayor.

Siempre me ha gustado pensar que alguien escribirá con profunda sinceridad sobre la amistad inquebrantable entre el párroco de Manatí, Braulio Cástulo de los Dolores Odio Pécora y Carlos Manuel de Céspedes. El padre Odio salvó muchas vidas insurgentes y por su meritoria labor en el auxilio a los heridos fue ascendido a coronel.

Ignacio Agramonte no era un hombre cercano a la Iglesia, pero la bondad del primer beato cubano, Fray José Olallo Valdés, no creía en posturas ideológicas. Cuando los españoles lanzaron y abandonaron el cuerpo ultrajado de “El Mayor” en la plaza San Juan de Dios en Camagüey, solo aquel sencillo fraile hospitalario se atrevió a luchar contra sus miedos y salió a dignificar la muerte del esposo empedernido de Amalia Simoni.

A 150 años de aquel histórico “Grito de Yara”, se hace necesario un recorrido verídico y reivindicativo del vínculo catolicismo-independencia, porque no todos los sacerdotes eran pro-españoles. No niego que muchos clérigos apoyaron hasta el denuedo a España, pero esa no es la única realidad: la historia no es una película de los años 40, que solo se puede ver en blanco y negro.

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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