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Casi 20 años atrás cambié mis herramientas del taller como ingeniera en telecomunicaciones, por una computadora y el trabajo vinculado a la pastoral de la Iglesia en la Arquidiócesis de Santiago de Cuba. Lejos estaba de imaginar que, al término de la licencia de maternidad de mi tercer hijo y luego de 10 años de trabajo profesional, mi vida daría un gran giro como laica católica y trabajadora.

Primeramente, transcurrió un tiempo de adiestramiento, pues si bien era miembro de una comunidad cristiana, no había tenido experiencia alguna en el plano laboral. Era también un momento de aprendizaje para la Iglesia como institución, ya que la experiencia de contar con laicos trabajando a tiempo completo y recibiendo un salario por la labor que desempeñaban casi comenzaba.

Y la Iglesia, como Madre y Maestra, buscaba introducirse en este mundo siguiendo los presupuestos de su Doctrina Social: salario justo que cubriera las necesidades del trabajador y su familia; atención a la dignidad de la persona; respeto y libertad; descanso necesario y seguridad social; mirada al bien común de la sociedad toda; entre otros. También buscaba adecuarse y cumplir las leyes laborales cubanas, en muchos aspectos imprecisas y ambiguas. Esto último no siempre le ha sido posible alcanzar; precisamente, en estos momentos, le exige actualización y regularización.

Para mi generación, el listón siempre había estado alto: ser laica católica en medio de una sociedad que se había definido a sí misma como “marxista-leninista” y, por consiguiente, atea, exigía ser siempre testimonio vivo de Aquel en quien creíamos. Luego, los términos variaron. Nuestra sociedad se definía como “laica y martiana”, pero esto no cambiaba las exigencias de nuestro ser y actuar en ella.

Algunos pensarán que el trabajar “para la Iglesia” es cosa fácil, y así lo dicen, pues no hay obligación de sindicato, ni sus reuniones, ni trabajos voluntarios, ni marchas. Pero como laico, el listón no baja; trabajar “para la Iglesia” sigue exigiendo ser testimonio vivo del valor del trabajo, ese que nos perfecciona como personas y nos hace ser co-creadores con Dios, y nos pide, en muchas ocasiones, disponer de todo nuestro tiempo para entregarlo a algún proyecto.

Mucho he aprendido en este tiempo, largo ya, como persona y como cristiana, como mujer profesional que sigue soñando con una sociedad justa, libre y fraterna. Cada día encuentro en mi trabajo y en las personas con las que comparto mi labor, un camino propio de santificación y seguimiento de Jesús. Que mi trabajo sea excelente, que tenga el mejor conocimiento posible para realizarlo, que cuide la preparación y el servicio de aquellos que me son confiados, es el ejemplo que puedo dar en esta sociedad donde el trabajo y el servicio al prójimo están desvalorizados. Este es el único testimonio creíble para aquellos que buscan y esperan razones que den sentido a sus vidas.

Ora con la Palabra

 

Domingo 20 de octubre: XXIX del Tiempo Ordinario

 

Lc 18,1-8

“Yo les aseguro que les hará justicia...”.

Lunes: Rm 4,20-25 / Interl. Lc 1,69-75 / Lc 12,13-21

“...Eviten (…) toda clase de codicia...”.

Martes:  Rm 5,12.15b.17-19.20b-21 / Sal 40 (39) / Lc 12,35-38

“...¡felices esos sirvientes!”.

Miércoles:  Rm 6,12-18 / Sal 124 (123) Lc 12,39-48

“...llegará a la hora que menos esperan”.

Jueves:  Rm 6,19-23 / Sal 1 / Lc 12,49-53

“...más bien he venido a traer división”.

Viernes:  Rm 7,18-25a / Sal 119 (118) / Lc 12,54-59

“...no saldrás de allí...”.

Sábado: Rm 8,1-11 / Sal 24 (23) / Lc 13,1-9

“Puede ser que así dé fruto...”.

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