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En días pasados, mientras disfrutaba de una de mis series televisivas preferidas, vi una escena que me hizo reflexionar. Resulta que la madre de un niño de 4 años es internada por una extraña enfermedad y le da varias indicaciones al papá sobre el cuidado del niño; especialmente insiste en que este le leyera un cuento al pequeño cada noche e hiciera las voces de los personajes, aunque le pareciera ridículo, pues eso era importante para él. No puedo negar que la escena me conmovió, e inmediatamente me invadieron varias inquietudes: ¿cuántos padres dedican un tiempo en las noches a sus hijos para leerles cuentos?, ¿cuántos niños han cambiado la fantasía de las historias contadas por las realidades de los juegos virtuales?, ¿somos conscientes de cuánto esto repercute en el bienestar de nuestros hijos?

Muchos de nosotros crecimos escuchando en las voces de nuestros padres, especialmente de mamá, cuentos como “El Patito feo”, “El Soldadito de plomo” o “La Sirenita”. Esta experiencia la revivimos más tarde con nuestros hijos, algunos porque éramos conscientes de su influencia en el desarrollo de la imaginación y la creatividad, otros solo por reproducir el modelo aprendido. Lo cierto es que hoy en día esta costumbre compite con diversas condicionantes, como padres que viven inmersos en los propios procesos de reevaluación de sus vidas, matizados a su vez por la difícil y real situación económica que los lleva, en ocasiones, a buscar alternativas lejos de sus familias; padres que no tienen un espacio físico adecuado para sus hijos porque tienen que compartir el limitado techo entre varios miembros; niños que viven cada vez más sumergidos en la dinámica adictiva de las nuevas tecnologías; y en el más triste de los casos, niños, como Amandita, que no viven con sus padres porque han muerto por VIH o alguna otra enfermedad terminal. Cualquiera de ellos toca fondo en nuestra esencia, en nuestro primer espacio de crecimiento personal, en nuestra familia.

En la sociedad contemporánea se ha producido un cambio de valores. Se procura la adquisición material –el ser para tener o “ser para”– por encima de la capacidad de simplemente ser, del crecimiento interior personal. El “ser para” ha provocado una pérdida de la espiritualidad que se expresa en ideales dañados, en una inadecuada relación interpersonal y en la incompatibilidad entre los padres en relación con la crianza de sus hijos, quienes tampoco viven de espaldas a la dinámica consumista del mundo. Ciertamente, las nuevas tecnologías han tomado un papel primordial en sus  preferencias. ¿Esto es malo? No. La era digital ya es parte de nuestras vidas, pero es eso, parte, no la vida misma; y hacerlos conscientes de esto, así como velar por ello se ha sumado a nuestra lista de responsabilidades.

Mi invitación es a que se anime y hoy mismo, antes de dormir, léale un cuento a su hijo. Dense la oportunidad de disfrutar juntos ese momento; ah, y ¡haga las voces! Créame, no hará el ridículo, solamente abrirá las puertas a un mundo de fantasías e imaginación que le enseñará a su hijo lo valioso de soñar.

Ora con la Palabra

 

Domingo 21 de abril: Pascua de la Resurrección del Señor

 

Jn 20,1-9

“...iÉl ‘debía’ resucitar de entre los muertos!”.

Lunes:  Hch 2,14.22-23 / Sal 16 (15) / Mt 28,8-15

“...No tengan miedo”.

Martes:  Hch 2,36-41 / Sal 33 (32) / Jn 20,11-18

“...He visto al Señor y me ha dicho esto”.

Miércoles:  Hch 3,1-10 / Sal 105 (104) / Lc 24,13-35

“...Es verdad: el Señor ha resucitado...”.

Jueves:  1 P 5,5b-14 / Sal 89 (88) / Mc 16,15-20

“...anuncien la Buena Nueva a toda la creación”.

Viernes:  Hch 4,1-12 / Sal 118 (117) / Jn 21,1-14

“...se acercó, tomó el pan y se lo repartió”.

Sábado : Hch 4,13-21 / Sal 118 (117) / Mc 16,9-15

“...no le creyeron”.

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