Humildad

Yo tengo un mar de olas tempestuosas. Tú tienes la roca dura que se afinca.
                                                                                 Dulce M. Loynaz

Una lección magistral de humildad nos regala el evangelio de Lucas en aquel fragmento que narra “la pesca milagrosa”. Las subidas y bajadas, el ir de orillas a mar adentro, hablan de movimientos del alma, de una interioridad no atada al vaivén de la vida, sino a la palabra recibida.

La escena es de una pedagogía increíble. Jesús está de pie en el borde del lago, mezclado con un montón de gente que viene a escuchar su palabra; muy cerca, dos barcas “atadas” a la orilla y los pescadores “abajo” lavando redes vacías, un lienzo con matices contrapuestos: éxito y aparente fracaso.Sin embargo, Jesús sube a la barca de Simón y termina combinando multitud y pesca para obtener una desconcertante suma de peces que representarán a la humanidad sacada del mal y el sinsentido.

Aquí quizás esté el verdadero milagro, el Dios de las multitudes, el Dios del éxito, sube a la frágil y fracasada barca para aventurarse en una apuesta de mar y redes, entre lo incierto y el peso evidente de la decepción y el vacío. Es la imagen de la humildad de un Dios que
no hace alarde de su condición divina, que se hace pobre para enriquecernos. Es la imagen del Dios de las orillas y las profundidades, de un Dios que, en palabras de Etty Hillesum, “pareciera necesitarnos”, o al menos cuenta con nosotros para hacer su obra.

También en esta imagen emerge la humildad del hombre que se lanza a la propuesta del Maestro aun contra todo pronóstico, se despoja de su destreza y experiencia para acoger una palabra capaz de alumbrar noches y frustraciones, arrancando de la piel el olor impregnado de la desilusión. Una amalgama de humildad termina siendo la milagrosa apuesta de Dios por el hombre y del hombre por Dios.

La Edad de Oro, muchas veces, también se convierte en ese margen del lago donde Dios logra conducirnos del desencanto a la confanza y la solidaridad. Las salas de esta institución parecieran una larga orilla donde las redes no tienen esperanzas de ser colmadas. Este pasaje podría ser una hoja de ruta para no quedarnos anclados. Dios nos capacita para remar a través de la geografía incierta, pero deslumbrante, de la marea humana y no quedarnos en sus “límites”. Cada vaivén nos invita a apostar por lo que aún no se ve, y una vez adentradas nuestras barcas, Dios termina trenzando las redes con cada intento generoso por rescatar del olvido y del desprecio a quienes las olas de la vida no permiten salir a la luz y acoger con respiro largo el don de la existencia.

Quizás la humildad sea una especie de apuesta…Sumerjámonos en
ese misterio del amor de Dios que, como dice Gabriela Mistral, “no tiene orillas”, y nos invita a remar más allá.

Ora con la Palabra

 

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

 

Jn 20,1-9

“...iÉl ‘debía’ resucitar de entre los muertos!”.

Lunes:  Hch 2,14.22-33 / Sal 16 (15) / Mt 28,8-15

“...No tengan miedo”.

Martes:  Hch 2,36-41 / Sal 33 (32) / Jn 20,11-18

“...He visto al Señor y me ha dicho esto”.

Miércoles:  Hch 3,1-10 / Sal 105 (104) / Lc 24,13-35

“...Es verdad: el Señor ha resucitado...”.

Jueves:  Hch 3,11-26 / Sal 8 / Lc 24,35-48

“Miren mis manos y mis pies: soy yo”.

Viernes:  Hch 4,1-12 / Sal 118 (117) / Jn 21,1-14

“Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió”.

Sábado:  Hch 4,13-21 / Sal 118 (117) / Mc 16,9-15

“...anuncien la Buena Nueva a toda la creación”.

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