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El 24 de junio pasado murió en Cienfuegos María Emilia Quesada y Blanco, una de las mujeres más ancianas del mundo. Su mérito no fue su longevidad, sino haber vivido con la sonrisa de quien ha descubierto la alegría de amar y servir, sin perder jamás la esperanza.
Decía Laín Entralgo que la diferencia entre la espera y la esperanza es que mientras nos sentamos a esperar, la esperanza nos mueve a buscarla, nos pone en camino. Fue sin duda esa esperanza la que impulsaba a María Emilia a caminar cada día, con más de 100 años, hasta la parroquia de Monserrat para ayudar en lo que hiciera falta.

Su vida me hace pensar: ¿en qué ponemos los cubanos nuestra esperanza? ¿o nos hemos dejado envolver de tal manera por el desencanto que ya sólo sabemos sentarnos a esperar lo que nos mandan?

Poner la esperanza en el turno, en la cuota que entregan, en que llegue el pollo o la croqueta, en que me salga la visa, año tras año esperando hasta el cansancio. O ponerla en la cuenta de banco, alimentada con los dólares que me llegan o con la venta de las últimas propiedades. Ponerla en las promesas de quien me vende sueños a cambio de fidelidades marchitas.

Depositar la esperanza en la seguridad que me brindan mis relaciones o mi poder; o en las mil patrañas que invento para resolver. Ponerla en mi juventud que se va gastando o en mis conocimientos que envejecen conmigo y pierden creatividad.

Alimentar mi esperanza con el negocio tambaleante, que a veces parece caer por el impacto de una nueva regulación, o por la lluvia que aleja clientes y debilita estructuras.
Me da miedo construir esperanza sobre cimientos de arena.

Necesito una esperanza a prueba de huracanes y períodos especiales. Una esperanza que me inspire y no solo me sostenga. Que me haga soñar sin la angustia y el estrés de quien sale a luchar cada día en la calle hostil.

Busco una esperanza compartida que no me envuelva en la espiral de la competencia, la trampa y la desconfianza. Sin nada que esconder. Abierta, como una plaza, a quien quiera vivirla conmigo.

Quiero una esperanza que me llene de razones para vivir y de cantos de parque lleno de sol y árboles. Una esperanza que, por sobre todas las inseguridades, se construya sobre la confianza de que alguien me quiere y está conmigo. Que no me lleve a sentirme “último” en la cola, a la soledad de quien teme que le pidan, a la inquietud de quien no sabe si alcanzará para todos.
Busco una esperanza como la del sembrador, que sabe que si no siembra y riega no crecerá la semilla, pero que no es él quien da el crecimiento.

Esa esperanza que me hace poner mi esfuerzo como si todo dependiera de mí, pero que sabe, en lo secreto del corazón, que debe esperar con la confianza y alegría de que es Dios quien da el crecimiento.

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

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