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La historia ha dado el nombre de “Cruzadas” a una serie de expediciones militares, realizadas por reyes y príncipes europeos, apoyados por los papas u otras figuras eclesiales relevantes, con el fin principal de expulsar a los turcos seléucidas de Tierra Santa entre los siglos XI y XIII.

Según recoge la historia, el emperador de Bizancio solicitó ayuda al papa Urbano II para proteger a los cristianos griegos del acoso de los turcos. El pontífice, en Clermont en el año 1095 d. C., convocó a un concilio y, al final de este, invitó a los fieles a ir en expedición al Oriente para expulsar a los infieles de los territorios cristianos, especialmente de los Santos Lugares. Reconquistar el Santo Sepulcro se convirtió en el gran símbolo de la campaña guerrera.

En total, fueron convocadas nueve cruzadas a partir de esa fecha. La última se extendió hasta 1272. Se lograron victorias parciales que permitieron crear un Reino Latino de Jerusalén, controlar los Santos Lugares y proteger a los peregrinos; al mismo tiempo se registraban numerosos hechos de violencia extrema. Aunque hubo figuras auténticamente cristianas, como san Bernardo de Claraval y san Luis, rey de Francia, con frecuencia los cruzados actuaban por interés propio, para asegurarse poder y recursos económicos. Influyeron en esta imagen negativa las conductas de los mercaderes ambiciosos, los guerreros inescrupulosos y los elementos marginales que se unieron a los ejércitos para cometer toda clase de crímenes.

Desde el punto de vista militar las Cruzadas fueron un fracaso. Los seléucidas, como respuesta, declararon una poderosa yihad o guerra santa. En 1291 cayó la principal fortaleza de los cruzados en San Juan de Acre, hasta que tuvieron que evacuar sus otros enclaves en el Oriente. La situación de los cristianos en la región empeoró.

Sin embargo, desde el punto de vista cultural, las Cruzadas permitieron ampliar el mundo para los europeos. Se abrieron nuevas rutas comerciales. Occidente recibió especias, telas, y se divulgaron secretos de la medicina árabe. El contacto con Bizancio favoreció el estudio de la cultura griega: muchos manuscritos fueron traducidos y copiados en las bibliotecas de los monasterios católicos. Además, llegaron de Palestina nuevas órdenes religiosas, como la de los ermitaños que moraban en el Monte Carmelo y que dieron lugar a la Orden de los Carmelitas.

A partir del II Concilio Vaticano, con su “Decreto sobre la libertad religiosa” y su invitación al espíritu de diálogo ecuménico e interreligioso, se ha comprendido que la doctrina de Cristo solo puede predicarse con amor y respeto al prójimo. No son necesarias empresas militares, sino una actitud de caridad vigilante para socorrer al necesitado y difundir la Buena Nueva.

Ora con la Palabra

 

Domingo 21 de abril: Pascua de la Resurrección del Señor

 

Jn 20,1-9

“...iÉl ‘debía’ resucitar de entre los muertos!”.

Lunes:  Hch 2,14.22-23 / Sal 16 (15) / Mt 28,8-15

“...No tengan miedo”.

Martes:  Hch 2,36-41 / Sal 33 (32) / Jn 20,11-18

“...He visto al Señor y me ha dicho esto”.

Miércoles:  Hch 3,1-10 / Sal 105 (104) / Lc 24,13-35

“...Es verdad: el Señor ha resucitado...”.

Jueves:  1 P 5,5b-14 / Sal 89 (88) / Mc 16,15-20

“...anuncien la Buena Nueva a toda la creación”.

Viernes:  Hch 4,1-12 / Sal 118 (117) / Jn 21,1-14

“...se acercó, tomó el pan y se lo repartió”.

Sábado : Hch 4,13-21 / Sal 118 (117) / Mc 16,9-15

“...no le creyeron”.

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