Hablamos-bien-el-español-en

La manera en que los cubanos nos comunicamos es reconocida como una de las variedades de la lengua española. Desde el siglo XIX existen testimonios de obras que distinguían claramente entre lo que era una modalidad peninsular y otra de raigambre americana. Por ejemplo, el erudito Esteban Pichardo publica en 1836 el Diccionario Provincial casi razonado de vozes(sic) y frases cubanas, reconocido, sin duda alguna, como el primer diccionario que contempla un habla española diferente a la de la metrópoli. A partir de este momento varios han sido los textos que recogen rasgos típicos de nuestro español. Tal vez sea la obra más acabada el Diccionario del español de Cuba del año 2000.

Con el objetivo de “velar por la conservación y pureza de nuestro idioma” se funda en 1926 la Academia Cubana de la Lengua (ACuL). Aunque ha transitado por varias etapas, ha constituido una autoridad a la hora de determinar qué entender como identitario del español de Cuba y, en un sentido general, qué no reconocer dentro del código de la lengua española. A falta de una política lingüística que regule integralmente el uso del lenguaje en todos los ámbitos del país, la ACuL, conjuntamente con el Instituto de Literatura y Lingüística y algunos centros de educación superior, han servido de consultantes para resolver problemas de comunicación verbal y normativa lingüística.

Una de las interrogantes que suele preocupar, tanto a instituciones como al pueblo en general, es si existe un empobrecimiento del español en Cuba. Si bien somos muchos los que notamos y nos alarmamos por las frecuentes incorrecciones en el habla y escritura, ha existido un constante pronunciamiento por académicos sobre el hecho de que no existen “malas” palabras; sí, en la mayoría de los casos, palabras empleadas fuera de contexto. Esta idea es la que fundamenta, entre otras, la heterogeneidad dentro de la unidad lingüística. No podemos decir que el español de Cuba es solo el que se habla en La Habana o en Camagüey, sino todas las maneras particulares, sin importar el territorio de la Isla; tampoco que no es en español como se expresa a gritos un grupo de jóvenes en una esquina de cualquier barrio, aunque al pasar cerca de ellos no entendamos completamente su mensaje o creamos que usan palabras “violentas”, “fuertes” o “groseras”.

No obstante, no es menos cierto que molesta o “lastima” el modo de hablar de algunos que inescrupulosamente se piensan solos en el mundo, si no es que poco les importan aquellos que les rodean. Más que un irrespeto a la lengua, la injuria es a los receptores directos e indirectos de estas expresiones inadecuadas. En consecuencia, más que enseñar a hablar, tarea primera y necesaria sin duda, estamos urgidos a realizar una educación dirigida al aprendizaje de normas de comportamiento lingüístico. Hablar bien no solo es usar el código, por ejemplo, palabras que existan; es también usar cada palabra cuando la situación comunicativa lo admita.

Ora con la Palabra

 

Domingo 23 de febrero: VII del Tiempo Ordinario

 

Mt 5,38-48

“...Él hace brillar su sol sobre malos y buenos...”.

Lunes:  St 3,13-18 / Sal 19 (18) / Mc 9,13-28

“...lo tomó de la mano y le ayudó a levantarse...”.

Martes:  St 4,1-10 / Sal 55 (54) / Mc 9,29-36

“...El Hijo del Hombre va a ser entregado…”.

Miércoles de Ceniza:  Jl 2,12-18 / Sal 51 (50) / 2 Co 5,20 al 6,2 / Mt 6,1.6.16-18

“...tu Padre que ve en lo secreto, te premiará”.

Jueves:  Dt 30,15-20 / Sal 1 / Lc 9,22-25

“...Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo...”.

Viernes:  Is 58,1-9a / Sal 51 (50) / Mt 9,14-15

“Llegará el tiempo en que el novio les será quitado...”.

Sábado: Is 58, 9b-14 / Sal 86 (85) / Lc 5,27-32

“No he venido para llamar a los buenos...”

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