Felicidad

La oportuna celebración del 20 de marzo como DÍA INTERNACIONAL DE LA FELICIDAD es buena ocasión para preguntarse por ella. Con mayor razón los cristianos, a quienes nos anunció Jesús rotundamente que “nadie podrá quitarles a ustedes la alegría de su corazón.” (Jn 16, 22).

Por eso es justo preguntarse: ¿qué es la felicidad?, ¿depende o no de nosotros?, ¿todos podemos ser felices, si queremos serlo o intentarlo? Como tantas otras cosas importantes, la felicidad es más fácil sentirla que defnirla. Está claro que tiene mucho que ver con la alegría honda en el corazón, con la capacidad para sufrir infortunios y contrariedades sin hundirse, y con los valores que dan sentido a nuestra vida. Todo eso junto es la felicidad.

También está claro que no puede depender de que todo en la vida nos salga bien o a nuestro gusto, porque entonces sería como una especie de sorteo injusto, con un fnal no deseado el día de la muerte.Tampoco (¡menos todavía!) la felicidad es un destino que tenemos escrito al nacer y contra el que no podemos rebelarnos.

La felicidad depende totalmente de los espejuelos con los que decidimos mirar la vida, es decir, de aquello en lo que creemos y de lo que estamos seguros. Con razón reconocemos que la ausencia de valores personales hace la vida más mecánica y menos humana. El hombre sin valores no es plenamente hombre; es solo una maquinita.

La felicidad ha de ser un sentimiento muy hondo y sufcientemente estable. No puede depender de la última casualidad o circunstancia. Ha de estar apoyada en una realidad más profunda que los golpes o las desgracias temporales de la vida. A cualquier edad, es compatible con la pérdida de salud o las lágrimas de un momento de tristeza.

La realidad es que resulta bien difícil (o quizá imposible) una felicidad así sin creer en Dios. De Él decimos, por encima de toda otra verdad, que es el que nos quiso desde antes de nacer y nos espera con los brazos abiertos después de morir. Pase lo que pase, su abrazo es seguro y defnitivo. Como lo es su mirada llena de misericordia sobre nosotros.

De Dios no sabemos decir nada mejor que la incondicionalidad y la gratuidad de su cariño. Este ha sido el mensaje nuclear de todos los creyentes a lo largo de la historia. Ni siquiera su misericordia depende de nuestro comportamiento, porque nuestras buenas acciones son el fruto de sentir que Él nos quiere porque sí, y no las causantes de su cariño. Que se lo pregunten, si no, al hijo pródigo o a la oveja perdida (Lc 15, 3-32).

Quizá entonces sea más fácil entender por qué la FELICIDAD es el fruto de la misericordia ya adivinada de Dios en esta vida. Y disfrutar también del mensaje tantas veces repetido por Jesús: “¡Sean ustedes felices, les pase lo que les pase!” (Mt 5, 1-12).

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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