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Una vez un sacerdote pidió a varios líderes de pastoral juvenil que alentáramos a nuestros amigos a permanecer y transformar la realidad eclesial, que lucía envejecida. En aquella época, cuatro años atrás, no  supe bien cómo explicarle mi pensamiento; pero, al menos hoy me gustaría decirle que los jóvenes padecemos de asma crónica. Aquí el entorno suele ser asfixiante y, sin ser médico, lo siento como una enfermedad incurable. Tal parece que viviéramos en medio de una guerra; cada día es una “lucha” por  sobrevivir; aunque los medios no lo vean, hay personas alquilando a sus niños en las interminables colas. A eso hemos llegado. Ojalá pudiese compartirles una forma de apagar nuestras penurias, pero la verdad es  que no tengo acceso al espejo ilusionante de aquel hombre de Dios que percibe un futuro cargado de esperanzas.

Hace meses me reuní con dos de mis mejores amigas de la universidad; nos vimos después de mucho tiempo para despedir a la que se iba con su niña a Surinam. Allí vivirá con su esposo, con quien anduve durante los años de bisoños comunicadores sociales que ya parecen tan lejanos y solo son seis. Luego vuelvo a la pregunta de por qué disminuyen cada año los jóvenes en la Iglesia y veo que no somos ajenos al contexto nacional: en un país envejecido, es quimérico pretender contar con una Iglesia rejuvenecida.

Creo que necesitamos desclericalizar un poco la misión en nuestras comunidades, apostar con mayor fuerza por los laicos. Casi tengo 30 años y nunca he visto a un laico hacer una homilía, ni siquiera en nuestra Vida Cristiana; para una mujer, parece una utopía. Hace unos ocho meses el cura no pudo llegar a la única misa dominical de su comunidad y los laicos decidieron suspenderla. ¿Acaso solo alguien del clero hubiera podido ayudarnos a compartir la palabra de Dios e  nspirarnos a vivirla? Para mí, es momento de apostar por la juventud, destinar recursos tangibles a su formación. Siempre recuerdo con agrado el ejemplo del cardenal Jaime enviando a un joven arquitecto a México para recibir una formación como comunicador y la historia demuestra lo que pudo hacer a su regreso.

Sueño con teclear un artículo diciendo a la juventud que, si permanecemos juntos en Cuba, nada podrá romper nuestra felicidad familiar y que, pese a las dificultades cotidianas, podremos construir un futuro próspero. Para ese entonces, de seguro escribiré historias de felicidad una tras otra. Sin embargo, -tristemente- no sé cómo les pido que se ilusionen, si al final yo no me siento un “durako” capaz de resistir tantas situaciones especiales. ¿Cómo les escribo que  se enamoren de una realidad esperanzadora que, para mí, es invisible? A veces, y se lo he dicho a otros comunicadores cristianos, lucho con fuerza contra eso que nos han enseñado y que es bien complicado de hacer en la vida, aprender a mentir.

 

 

 

Ora con la Palabra

 

Domingo 8 de diciembre: II de Adviento

 

Mt 3,1-12

“...después de mí viene uno con más poder que yo...”.

Lunes: Inmaculada Concepción de la Stma. Virgen María 
Gn 3,9-15.20 / Sal 98 (97) / Ef 1,3-6.11-12 / Lc 1,26-38

“...Alégrate, llena de gracia...”.

Martes:  Is 40,1-11 / Sal 96 (95) / Mt 18,12-14

“...no quieren que se pierda ni tan solo uno...”.

Miércoles:  Is 40,25-31 / Sal 103 (102) / Mt 11,28-30

“...mi yugo es suave y mi carga liviana”.

Jueves: Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América 
Eclo o Sir 24,23-31 / Sal 67 (66) / Lc 1,39-45

“...¡Bendita tú eres entre las mujeres...!”.

Viernes:  Is 48,17-19 / Sal 1 / Mt 11,16-19

“...la sabiduría de Dios no se equivoca...”.

Sábado:  Eclo o Sir 48,1-4.9-11 / Sal 80 (79) / Mt 17,10-13

“...harán sufrir al Hijo del Hombre”.

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