pesoCubaWebDe niño mi papá me daba  cada día un “peso cubano”. También me decía que si lograba reunir los cinco de la semana me duplicaría la cuota a diez. Siempre me pareció fuerte decirle a un muchacho de 11años que podría gastar el equivalente a cien centavos en un día. ¡Eso no es nada! Yo vivía lejos de la escuela, por lo que ahorrar ese dinero significaba esperar una guagua (una hora, si pasaba) o hacer el recorrido a pie. Al estudiar un poco la etapa comprendí mejor el porqué. Corría el año 2000, en mi núcleo familiar éramos 5 con el único sustento del salario profesional de mis padres.

Entonces me percaté de que yo pretendía demandarle sentido común a la mismísima pobreza, la que no entiende de niñez, ni del amor, dentro de nuestro (eterno) período especial, entre un ingeniero civil y una licenciada en economía. Por suerte pudimos sobrevivir, incluso con algunas cuotas de felicidad.

Con lo que no estoy de acuerdo ni lo estuve siendo niño es con el paradigma social del “igualitarismo”. En Cuba existen diferencias tangibles de clases, y no sé si es igual a cualquier país del continente o menos acentuada, porque nunca he salido fuera, algo que sí hacen con regularidad varias personas que conozco, incluso como parte de sus vacaciones. Cosa que no veo mal, aunque acepto que no estoy en su estamento.

En sociología existe una tesis nombrada La ventana rota, la cual plantea que un deterioro del entorno influye notablemente en su marginalidad. Un ejemplo concreto de esto puede ser un barrio sucio, con las calles rotas y las casas a punto de caer, donde, por obra de la pobreza, generalmente la delincuencia pulula. ¿Cuántos barrios cubanos no sufren un deterioro imparable, sin una planificación social que los ampare de la indigencia? Vivo en Guanabacoa, un pueblo que parece resistir los ataques aéreos todos los días, porque los derrumbes son parte de la cotidianidad.     

Nuestro país va cambiando hacia una nueva etapa y se acentúan las brechas entre la población: hay millonarios y gente con solo 250$ de pensión. Una amiga me comentaba que el Caballero de París era un hombre singular en su época, por sus características peculiares de Quijote cubano y, sobre todo, por resaltar ante la escasa presencia de indigentes en las calles de los 80. Hoy con tristeza vemos crecer el número de los nuevos caballeros de París criollos, y  no todos están enajenados.  

No estamos en el punto rojo de pobreza extrema que viven poblaciones de muchas naciones, donde diversos factores como la violencia logran desplazar a millones de personas a reconcentraciones tan fuertes como la del general español Valeriano Weyler. Pero, no busquemos solo la paja en el ojo ajeno. Como comunicador católico intento no perder la fe pública por fuerte que sea la tormenta. Les propongo entonces, amigos lectores, estar más atentos a su alrededor, para dar una mano a los que  viven hoy con solo un peso cubano.

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

Otras noticias

 

Suscripción al boletín