justiciaSocialWebSoy de origen revolucionario. Mi abuelo, una persona de la que aprendí mucho, era de la juventud católica y participó en la lucha contra Batista. Vivió creyendo en la Revolución, pero -sobre todo- creyendo en Dios. Gracias a él, heredé un amor inmenso por Cuba. Aunque nunca me lo dijo, supe por mi abuela que también pasó dos años preso cortando caña en la década de los ‘60, porque cometió el “delito” de querer salir junto con toda la familia del país. Temía que sus hijos tuvieran que ir a las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP) o que fueran excluidos de los estudios universitarios en medio del diferendo Iglesia–Estado. Al final, nunca le llegó la visa y murió aquí, feliz, con el mayor tesoro que un hombre puede conquistar: su familia.

Hace unos meses, una persona con quien llegué a pensar en realizar un proyecto de vida me dijo que se iba. A pesar de que ella sentía un gran cariño por mí, encontraba que, en nuestro país, la felicidad con que soñaba le resultaba irrealizable. Pensé mucho sobre lo sucedido y me pregunté: ¿cómo ocurre que el amor, un valor tan humano, sea entorpecido por un sistema? Al final, creo que la comprendo, y aunque no aplaudo su idea por tristeza, al menos la respeto. Ella era doctora, no tenía siquiera televisor en su casa y con su salario de profesora universitaria tendría que reunir varios años para comprar uno. Entre nosotros, ser profesional y trabajar honradamente puede rayar en un acto de heroicidad o supervivencia.

Casi todos mis compañeros de carrera se han ido del país, y los que no, sueñan con hacerlo. Hace poco dos amigos de mi facultad me escribieron diciendo: “Julio, ¿qué haces, hermano? ¿Quieres alzar una voz en el vacío? Nosotros solo somos comunicadores; no tenemos cómo cambiar semejante realidad. Despierta y muévete, que las visas desaparecerán.” Ellos ahora viven en Bolivia y ganan 400 dólares al mes. Allá son reconocidos como excelentes profesionales. Aquí vivían alquilados y no podían prescindir de la ayuda de sus padres para comer. Sus salarios  de periodistas solo les alcanzaban para la renta: aspirar a una casa desde su puesto laboral se les escapaba de los mismos sueños.

Quizás, yo soy otro comunicador del montón y he tomado una estafeta que no me corresponde. Fui educado –como ellos- dentro de aquel experimento llamado tele-clases. En un día podíamos dar 25 clases de Matemática seguidas (sin maestro) o ninguna si alguien llenaba de tiza el video. Aun así, supe que “la justicia social tiene que ver y hace referencia a la repartición justa y equitativa de los bienes y servicios fundamentales que son necesarios para el desarrollo y el desenvolvimiento de una persona en una sociedad.” Como antídoto trato de mirar mi realidad desde la fe y con esperanza. A Dios le pido que ilumine a todos aquellos decisores que pueden aumentarnos una cuota de justicia.

Ora con la Palabra

 

Domingo 25 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mt 22,34-40

“...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma…”.

Lunes:  Ef 4,32 al 5,8 / Sal 1 / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”.

Martes:   Ef 5,21-33 / 128 (127) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza…”.

Miércoles:  Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió de entre ellos a doce…”.

Jueves:  Ef 6,10-20 / Sal 144 (143) / Lc 13,31-35

“...al tercer día mi obra quedará consumada”.

Viernes:   Fil 1,1-11 / Sal 111 (110) / Lc 14,1-6

“...tocando al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:  Fil 1,18-26 / Sal 42 (41) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será enaltecido”.

Suscripción al boletín

Si desea recibir la publicación en formato digital, solicítelo a la dirección: vidacristianaencuba@gmail.com.