medicoWebDurante los recorridos que hemos podido realizar en Colombia por las zonas donde se ha vivido el conflicto armado interno, llegamos, con nuestro equipo de comunicadores, a trabajar la radio escolar y comunitaria en una zona de la Orinoquía colombiana que alberga 6 municipios. En uno de ellos tuve la oportunidad de encontrar a un niño inquieto, travieso, pero que disfrutaba al máximo cualquier dinámica o trabajo en el taller de capacitación.

"Piquiña", como lo conocían sus compañeros y vecinos, tenía apenas 12 años y desde la selva había llegado a la cabecera municipal por uno de los ríos. Encantado por un helado, empezamos a conversar y escuché una de las historias más aterradoras de las miles que se encuentran por los polvorientos caminos, trochas, veredas y ríos de mi patria.

A su corta edad había sido testigo de la tortura y muerte de su padre, un campesino alcohólico que cada vez que estaba pasado de tragos se desahogaba maltratando a su esposa e hijos. Aquella noche, "Piquiña" no soportó más ver golpear a su mamá, quien con su cuerpo resguardaba a un recién nacido entre sus brazos. Entonces se escapó para comentarle lo que sucedía al grupo guerrillero, única autoridad del lugar. Apresaron al hombre alcohólico y lo tuvieron en la calle principal amarrado hasta que al día siguiente se le pasara la borrachera y así tuviera conciencia para someterse al "juicio" en presencia de la comunidad, su mujer y todos sus hijos. "Piquiña" sólo tenía 8 años y vio cómo su padre fue torturado y ajusticiado con 3 tiros en la cabeza, a pesar de que su esposa se resistía.

¿Quien vivió la tortura? ¿Quién o quiénes vivieron y padecen sus consecuencias? ¿Quién o quiénes han sido los torturados? Los que quedan vivos no pueden borrar de su memoria lo que sucedió ese fin de semana, y sin duda, nunca podrán olvidar los acontecimientos de por vida.

Hasta ahora siento en el alma las palabras; tengo en mi mente la cara, los ojos de "ira", de "dolor", de "arrepentimiento", de "remordimiento" de aquel niño-adolescente que ahora se ha ganado el apodo de "Piquiña". Era el dolor de una responsabilidad que cargaba, porque había entregado para que torturaran y al final asesinaran a su padre.

¿Es esto justo para "Piquiña"? ¿Es justo lo que por todos estos años han tenido que vivir él, sus hermanos y su madre? ¿Sería esta la solución para el problema del hombre campesino de una de las tantas familias que viven la misma situación en los rincones de esta espesa selva? ¿Es una cuestión de culpas, de buscar responsables?

Esta es una de las miles de historias en estos casi 60 años del conflicto armado en Colombia. Por todas las calles los campesinos, las madres, los jóvenes, evidencian en sus palabras las huellas que deja la tortura física, psicológica, moral. Esas que son tan difíciles de olvidar, de perdonar, de curar.

Ora con la Palabra

 

Domingo 25 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mt 22,34-40

“...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma…”.

Lunes:  Ef 4,32 al 5,8 / Sal 1 / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”.

Martes:   Ef 5,21-33 / 128 (127) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza…”.

Miércoles:  Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió de entre ellos a doce…”.

Jueves:  Ef 6,10-20 / Sal 144 (143) / Lc 13,31-35

“...al tercer día mi obra quedará consumada”.

Viernes:   Fil 1,1-11 / Sal 111 (110) / Lc 14,1-6

“...tocando al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:  Fil 1,18-26 / Sal 42 (41) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será enaltecido”.

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