Trento-y-Vaticano-II

El Concilio de Trento (1546-1563) fue un acontecimiento fundamental para la Iglesia católica. Ella respondió en este concilio a los desafíos de la Reforma protestante y a los desmanes de parte de la jerarquía eclesiástica. El concilio desembocó en una renovación de la liturgia. Para ello el papa San Pío V (1566-1572) hizo publicar el Catecismo romano (1566), el Breviario romano (1568)
y el Misal romano (1570). El catecismo era un manual para las actividades homiléticas y catequéticas de los párrocos, mientras que el breviario y el misal debían servir para la unifcación de las formas litúrgicas. Se prohibió todo texto litúrgico con menos de dos siglos de existencia para evitar el exceso de tradiciones tardo-medievales con pobre fundamentación teológica. Pero esta unifcación litúrgica desembocó en la supresión de tradiciones válidas y muy antiguas. Estos tres libros marcarán la vida de la Iglesia en los
cuatro siglos siguientes.

En pleno siglo XX y en vísperas del Concilio Vaticano II (1962-1965), había crecido la conciencia de que estos textos ya no respondían adecuadamente a las necesidades orantes del pueblo de Dios. La constitución dogmática sobre la Liturgia, Sacrosantum Concilium, enfatizó que en la liturgia “se ejerce el culto público integral por el cuerpo místico de Jesucristo, esto es, de la cabeza y de sus miembros” (SC 7). La liturgia debía renovarse para que no fuera la labor de un sacerdote activo y de un pueblo pasivo, sino que todos en la asamblea participaran “consciente, activa y fructuosamente” (SC 11). Esto orientó la reforma litúrgica efectuada por Pablo VI (1963-1978), que permitió 
el uso de las lenguas vernáculas y enriqueció la manera de celebrar los sacramentos y la liturgia de las horas. Este enriquecimiento se hizo desenterrando tesoros olvidados de la tradición cristiana. El Concilio de Trento no fue la primera palabra de la institución eclesial y la reforma del Vaticano II encontró en los Padres de la Iglesia (siglos I-VIII) una fuente de inspiración para vivifcar la liturgia.

Los dos concilios respondieron a desafíos para la vida pastoral y doctrinal. Esto conllevó, en ambos casos, una reforma de la vida litúrgica y una renovación de la disciplina eclesiástica. El peligro que se vivió después de Trento y, sobre todo a partir del siglo xix, fue el de absolutizar una manera de hacer y celebrar vuelta rígida con el cursar del tiempo. Se convirtió una respuesta necesaria a unas circunstancias determinadas en un absoluto inmodifcable. El esfuerzo por la unidad eclesial derivó en un corsé que uniformizaba. Vaticano II nos sitúa en otra perspectiva: las formas litúrgicas y de evangelización deben trasmitir la verdad del Evangelio en circunstancias siempre cambiantes. Aquellas garantizan una unidad de vida orante, pero también están sometidas al discernimiento orante de la Iglesia que busca, a la luz del Evangelio, siempre la mejor manera de anunciar con palabras y signos el mensaje salvífico de Cristo.

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de junio: XIII del Tiempo Ordinario

 

Lc 9,51-62

“Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (...) Te seguiré adonde vayas”.

Lunes:   Am 2,6-10.13-16 / Sal 50 (49) / Mt 8,18-22

“Sígueme”

Martes:  Am 3,1-8; 4,11-12 / Sal 5 / Mt 8,23-27

“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”

Miércoles: Hch 12,1-11 / Sal 34 (33) / 2Ti 4,6-8.17-18 / Mt 16,13-19

“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos”.

Jueves:   Am 7,10-17 / Sal 19 (18) / Mt 9,1-8

“...la gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad ”

Viernes:  Am 8,4-6.9-12 / Sal 119 (118) / Mt 9,9-13

“No tienen necesidad de médico los sanos... ”

Sábado:  Am 9,11-15 / Sal 85 (84) / Mt 9,14-17

“¿Es que pueden estar tristes los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

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