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El 11 de julio de 2021 marcó un antes y un después en la historia reciente de nuestra nación. El estallido social terminó en cárcel para muchos cubanos y cubanas, en su mayoría jóvenes, que salieron a las calles a reclamar los cambios que, según sus conciencias, amerita el país.

Aunque hubo vandalismo y violencia, fueron casos minoritarios, lo que se corrobora cuando hasta la realización de estas líneas (enero 2022), se han realizado menos de diez juicios por estos conceptos. En muchos casos, la violencia partió de aquellos que, siguiendo órdenes de agredir, no dudaron en atentar contra la integridad física de sus compatriotas. Y eso no me lo contó nadie. Lo pude ver en los videos que se socializaron en las redes, y lo presencié en más de uno de los lugares de La Habana en donde estuve aquella tarde antes de ser apresado y vivir la otra realidad paralela a los sucesos de aquellos días.

Estas quinientas palabras son insufcientes para lograr describir las olas de emociones y experiencias vividas en esos días en prisión, y que otros han contado en diferentes medios y espacios alternativos. Así que no quiero centrarme en ello, sino en mirar lo sucedido desde mi perspectiva como joven cristiano.

“¿Por qué?” fue lo primero en venirme a la cabeza al ser apresado. En medio de tantas personas y sin haber cometido delito, ¿por qué Dios permite que me arresten? Pero esta pregunta, con el paso de las horas, se transformó en un “¿para qué?”. ¿Qué quería Dios de mí en medio de todo aquello? ¿Qué quería que viera, escuchara y aprendiera de lo que estaba viviendo?

Mientras tanto, pensaba en dos grandes cristianos, Martí y San Pablo, quienes lograron convertir el tiempo de la cárcel en fecundidad y gracia. Nada de lo que nos sucede es por casualidad, y como sé que la vida es también historia de salvación, donde nada ocurre sin que Dios lo permita, pues no quedaba más que confar. Tal vez fue esa confianza la que me hizo ser de los pocos a quienes no golpearon ni maltrataron. Un cristiano nunca está solo, menos cuando el mal acecha. Allí pude constatarlo. Y mientras ofrecía a Dios el miedo, la incertidumbre, la sed, el hambre, la impotencia, y también las risas y las lágrimas, mías y de mis compañeros de celda, las palabras de María de Guadalupe a Juan Diego se repetían en mi cabeza, trayendo consuelo y esperanza: “No temas. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”.

Esa esperanza, junto a la certeza de que de allí saldríamos pronto, no solo me sostenía, sino que me animaba a consolar al resto de los reclusos y a hacerles sentir confanza en que mientras más oscuridad hay, más posibilidades de emanar luz se tiene, porque sin el albor que trae la resurrección, lo lóbrego de la cruz carece de sentido. Debemos tener la certeza de que la oscuridad no será eterna.

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de junio: XIII del Tiempo Ordinario

 

Lc 9,51-62

“Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (...) Te seguiré adonde vayas”.

Lunes:   Am 2,6-10.13-16 / Sal 50 (49) / Mt 8,18-22

“Sígueme”

Martes:  Am 3,1-8; 4,11-12 / Sal 5 / Mt 8,23-27

“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”

Miércoles: Hch 12,1-11 / Sal 34 (33) / 2Ti 4,6-8.17-18 / Mt 16,13-19

“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos”.

Jueves:   Am 7,10-17 / Sal 19 (18) / Mt 9,1-8

“...la gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad ”

Viernes:  Am 8,4-6.9-12 / Sal 119 (118) / Mt 9,9-13

“No tienen necesidad de médico los sanos... ”

Sábado:  Am 9,11-15 / Sal 85 (84) / Mt 9,14-17

“¿Es que pueden estar tristes los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

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