Sermón-de-la-montaña

El evangelio según san Mateo consta de siete partes principales. Si prescindimos de la primera sobre el origen y el nacimiento de Jesús y de la última que trata de la pasión, muerte y resurrección, quedan cinco que tienen como tema el Reino de los cielos. Cada una consta de una sección narrativa y de un discurso o sermón.

En estos cinco discursos, el Jesús que nos presenta Mateo nos ofrece el contenido de la Nueva Ley en paralelo a los cinco libros del Pentateuco, atribuidos a Moisés, donde aparece la Ley del Antiguo Testamento.

El sermón del monte, el primero de esos cinco discursos, viene precedido por una breve parte narrativa, que contiene la predicación de Juan Bautista, la elección de los primeros discípulos y el inicio de su actividad misionera y curativa.

El capítulo quinto de Mateo se inicia con estas palabras: “Al ver tanta gente, Jesús subió a la montaña, se sentó y se le acercaron sus discípulos.” Este ‘subir a la montaña’ nos recuerda el momento en que Moisés, con el pueblo al pie del Sinaí, sube y baja del monte donde Dios propone la Alianza y la Ley correspondiente. Dios se presenta en el Sinaí en medio de truenos y relámpagos; Jesús, en cambio, se nos acerca con la sencillez de un Maestro.

El sermón del monte viene a ser como la Carta Magna del Reino de los cielos y el retrato del perfecto discípulo de Jesús. Quien quiera participar del Reino ha de acomodar su vida a lo que Jesús enseña.

Se abre con las bienaventuranzas, que, de algún modo, insinúan los temas de todo el sermón. Los que viven según ellas se convierten en sal de la tierra y luz del mundo, en fermento de una nueva humanidad.

En el centro del discurso podemos distinguir tres apartados; el primero lo podemos titular “Relación del discípulo con los otros”. En él encontramos las tres antítesis de la Ley que podemos formular brevemente preguntando: 1. ¿Solo no matar? No, ni siquiera herir con insultos mínimos; 2. ¿Solo no adulterar? No, ni siquiera mirar a una mujer deseándola; 3. ¿Solo no jurar? Sea nuestro lenguaje: sí, sí; no, no.

El segundo apartado puede titularse “La relación del discípulo con Dios”, y aquí se nos habla del nuevo modo de entender y practicar la limosna, la oración y el ayuno.

El tercer apartado lo titulamos “El discípulo ante sí mismo”. Aquí se subraya que el discípulo debe vivir con la confianza puesta en Dios y renunciar a cualquier otra servidumbre. “No se puede servir a dos amos”. “Busquen primero el reino de Dios y lo demás les vendrá por añadidura”. Y se cierra con la Regla de Oro: “Traten a los demás como ustedes quieran que ellos los traten”.

La conclusión es una llamada a la lucidez: “el que escucha mis palabras y las pone en práctica edifica sobre roca, no sobre arena”.

 

Ora con la Palabra

 

Domingo 12 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Mc 8,27-35

“...El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”

Lunes:  1 Tm 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“Al oír estas palabras, Jesús quedo admirado…”

Martes: Exaltación de la Santa Cruz
 
Nm 21,4b-9 o Fil 2,6-11 / Sal 78 (77) / Jn 3,13-17

“¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único…”

Miércoles:   1 Tm 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”

Jueves:   1 Tm 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”

Viernes:   1 Tm 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-3

“...iba recorriendo ciudades y aldeas predicando…”

Sábado:   1 Tm 6,13-16 / Sal 100 (99) / Lc 8,4-15

“...la guardan y, perseverando, dan fruto”

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