Memorias-de-dos-celíacos

En Cuba, según la revista On Cuba News, hay un total de 1200 niños y 450 000 adultos que padecen la enfermedad celíaca, una afección del sistema inmunitario por la que las personas no deben consumir gluten para no dañar su intestino delgado. El gluten es una proteína presente en el trigo, la cebada y el centeno.

Hoy Vida Cristiana conversa con dos celíacos para conocer cómo convivir con esa enfermedad.

José Carlos Andrade Rosado (22 años): Me descubrieron la enfermedad con 9 meses de nacido. Al principio no sabían bien qué era y sospechaban de algún problema digestivo. De niño, mis padres pasaron mucho trabajo para alimentarme; por suerte manejaron el tema con mucha sicología, pues es difícil dejar de alimentar a un niño con cosas sabrosas. La celiaquía no limitó mi infancia, pero recuerdo haber ido a cumpleaños y ver que la gente se aguantaba para decirme ‘vamos para algún lado’. Siempre a mi alrededor había algo de tensión entre familiares y amigos.

En Cuba se pasa mucho trabajo por no haber casi nada para celíacos. Me daban una dieta con varios productos, pero eso no sustentaba el mes entero. Un celíaco necesita vitaminas y no las hay.  Hace solo unos años que se abrió una panadería especial en Centro Habana. Para un joven con la enfermedad lo más duro es la alimentación, pues desayuno y meriendo “comida”: me refiero a arroz, ensalada, viandas, etc. Crecí con esa dieta. Ojalá mejore la situación del mercado, pues debo comer algo cada tres horas y si con el salario es difícil sostener una alimentación balanceada para una persona normal, imaginen para nosotros. Terminaría diciendo a los demás celíacos que nunca pierdan la alegría; esa es la mejor medicina.

Gladys María Lozano Rubio (48 años): Desde niña crecí enferma del estómago; me ingresaban con vómitos y descomposición; mis padres me llevaban al médico, sin dar con lo que tenía. Al mudarme para La Habana, ya adulta, la Dra. Yamila, del Instituto de Gastroenterología, descubre que era celíaca y me dijo: “Literalmente te estás muriendo”. Descubierta la enfermedad, me explicaron cómo mi vida en adelante sería libre de gluten. Allí me hicieron un certificado médico para ir a una panadería especializada.

Fue una bendición que me descubrieran la enfermedad y me pusieran tratamiento. Cuando no tengo pan para celíacos, hago bolas de yuca para desayunar. Desearía aconsejar a los celíacos con hijos que estén al tanto de síntomas, pues es una enfermedad hereditaria. Agradezco a mi familia por ayudarme en mi cuidado y a Dios por permitirme, respetando la dieta, llevar una vida normal.

Al descubrirse mi condición, me atemoricé de comulgar. Un sacerdote me aconsejó avisarle antes de la misa para comulgar del cáliz. Pero, según iba recuperándome, sentía el malestar de no comulgar del Cuerpo de Cristo. Estar sin comulgar es como vivir la vida sin ir a una fiesta. Un día volví a recibir la hostia. Reconozco que violo la dieta, pero agradezco a Dios que no me ocasiona ninguna dificultad.

Ora con la Palabra

 

Domingo 24 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mc 10,46-52

“...tu fe te ha salvado”.

Lunes:  Rm 8,12-17 / Sal 68 (67) / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba...”.

Martes:   Rm 8,18-25 / Sal 126 (125) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza...”.

Miércoles:   Rm 8,26-30 / Sal 13 (12) / Lc 13,22-30

“...muchos tratarán de entrar y no lo lograrán”.

Jueves:   Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió a doce de ellos...”.

Viernes:   Rm 9,1-5 / Sal 147 (146-147) / Lc 14,1-6

“...se acercó al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:   Rm 11,1-2a.11-12.25-29 / Sal 94 (93) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será ensalzado”.

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