De-la-mano-de-Jesús-por-las
Parece que fue ayer cuando llegué a Cuba. Han pasado cuatro años y todavía me quedan las impresiones iniciales: el calor inmenso y sofocante. Nunca había experimentado algo así. Esperamos dos horas en Migración para poder pasar. Sin embargo, llegaba con la gran alegría e ilusión de darlo todo por la gente de Cuba.

Con el tiempo fui conociendo una realidad con zonas de luz y de sombra. Mi primer aterrizaje fue al llegar a la iglesia: allí me encontré con un grupo mínimo de señoras que, a decir verdad, son las que sostienen la comunidad, las que han permanecido fieles al Señor en medio de las pruebas. Quizás por el cambio de ambiente en algún momento me he sentido triste, pero esto no me paralizó, sino que me impulsó a seguir con entusiasmo para darlo todo por Jesucristo.

Me ponía Jesús en el corazón unos deseos inmensos de que la gente tuviera la experiencia más profunda e íntima de Dios y de ayudar a recuperar lo que se había perdido. Así empezamos a evangelizar sin importar el calor, la lluvia, el polvo, el mal comer. Empezamos con los niños, los jóvenes y las señoras.

Los primeros años se nos hicieron arduos, hasta que nos fuimos acostumbrando a la realidad cubana, que también nos ha regalado grandes alegrías. Los últimos han sido caóticos para Cuba y el mundo a causa del tornado que azotó varios barrios de La Habana y luego la pandemia. En ambos eventos he experimentado muy de cerca el dolor, el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la falta de alimentación adecuada de algunos sectores vulnerables. Recuerdo a dos ancianitos echados en sus camas y enfermos, quizás esperando la muerte; lo único que pidieron fue la bendición de Dios. Encontrábamos personas de edad que no se valían por sí mismas, sin tener el soporte de los suyos. Otro buen señor, que trabaja de mensajero, solo quería a cambio de su trabajo agua y jabón para bañarse.

Un intento de respuesta frente a este contexto adverso marcado por la COVID 19 fue hacer nasobucos para la gente, visitar las casas y llevar alimentos en la  medida de nuestras posibilidades. Nos dimos cuenta de que sobre todo necesitaban paz, fortaleza y esperanza en Dios. Empezamos a llevar la comunión a muchas personas, quienes se emocionaban al recibir a Jesús Eucaristía después de mucho tiempo.

Dios sabe sacar cosas buenas en los momentos difíciles. Caridad y solidaridad son dos virtudes que he podido observar de cerca en la gente de Cuba. Son capaces de salir de sí para ayudar a sus hermanos; sin reservas, lo daban todo con la única esperanza de sobrevivir en esta crisis tan dura. Se comprometían a rezar con más intensidad; muchas familias se han reconciliado, el diálogo en ellas creció.

Ante el dolor y el sufrimiento siempre hay una luz, una esperanza. Todo pasa, nada permanece. Solo Dios basta.

Ora con la Palabra

 

Domingo 25 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mt 22,34-40

“...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma…”.

Lunes:  Ef 4,32 al 5,8 / Sal 1 / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”.

Martes:   Ef 5,21-33 / 128 (127) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza…”.

Miércoles:  Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió de entre ellos a doce…”.

Jueves:  Ef 6,10-20 / Sal 144 (143) / Lc 13,31-35

“...al tercer día mi obra quedará consumada”.

Viernes:   Fil 1,1-11 / Sal 111 (110) / Lc 14,1-6

“...tocando al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:  Fil 1,18-26 / Sal 42 (41) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será enaltecido”.

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