La-misión-del-intelectual


Hace poco recordaba Su Santidad el Papa Francisco, en uno de sus múltiples mensajes apostólicos alegados en medio de la terrible coyuntura provocada por la pandemia, las palabras de Jesús testimoniadas por Juan en su Evangelio: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y  vendremos a él, y haremos morada en él” (Juan 14: 23). Es la Palabra de Jesús, salvaguardada por milenios, la esencia de la evangelización a la que nos consagramos los cristianos. Es la Palabra la que creó el mundo, y la que lo salvará. Y es entonces para el intelectual cristiano una misión doblemente consagratoria de su responsabilidad; pues es la palabra lo que sustancia su labor, que va más allá de una expresión nacida de su intelecto, para estar tañida y bañada por la fe, surgida de lo hondo de su espíritu. La misión intelectual y la cristiana se hacen una, para sostener la existencia humana que es la misma existencia de fe.

En años de su pontifcado, San Juan Pablo II, en la Carta de Fundación del Consejo Pontifcio para la Cultura, dijo que la “síntesis de la cultura y de la fe no es solamente una exigencia de la cultura, sino también de la fe”, interrelación que se esencia para apoyar el quehacer pastoral de la cultura como “cambio salvífco” que vive e inculca la Iglesia católica, del que resulta la labor educativa de las culturas. El misterio de la Iglesia, vivido a plenitud en el propio campo de acción social del hombre, permite la asunción de las posturas existenciales que “viven” el Evangelio según las potencialidades del intelecto y libertad humanos.

La función del intelectual, como un desprendimiento y complemento de la propia Iglesia en su labor evangelizadora, adquiere una confguración particular al adoptar un servicio que proyecta su misión en la comunidad, de tal modo que esta se edifica, por la impronta humana, como Cuerpo Social de Cristo.

La misión diaria y constante de una evangelización que se consustancia con la propia vida, enfrenta muchas veces la tendencia impuesta por la alta tecnificación  de la vida moderna que hace confundir la temporalidad material del hombre con su ser cultural, con su sentimiento de fe. Es este el síndrome del que hablara el cardenal Paul Poupard, una mentalidad “que no reniega de Dios, pero que afronta la vida como si Dios no existiera”. Ese “olvido de Dios” es la indiferencia que se proyecta, junto al ser factual del hombre, en su cultura, la que queda marcada así por un sello de “increencia”. Y es esa la misión del intelectual, ardua, difícil, casi invisible y hasta incomprendida por estar fundida a una labor que no pregona ni acentúa sellos distintivos de proyección social, pero que es el diario  evangelizar para proseguir la misión encomendada por Jesús: guardar una Palabra que es el agua de vida que hará siempre recordar a Dios, ya encarnado en ella.

Ora con la Palabra

 

Domingo 22 noviembre:Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

 

Mt 25,31-46

“Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros”.

Lunes:   Ap 14,1-3.4-5 / Sal 24 (23) / Lc 21,1-4

“Vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas”.

Martes:   Ap 14,14-19 / Sal 96 (95) / Lc 21, 5-11

“No quedará piedra sobre piedra”.

Miércoles:  Ap 15,1-4 / Sal 98 (97) / Lc 21, 12-19

“Todos los odiarán por causa mía”.

Jueves:  Ap 18,1-2. 21-23; 19,1-3.9a / Sal 100 (99) / Lc 21,20-28

“Jerusalén será pisoteada por los gentiles”.

Viernes:   Ap 20,1-4. 11-21,2 / Sal 84 (83) / Lc 21,29-33

“Sepan que está cerca el Reino de Dios”.

Sábado:   Ap 22, 1-7/ Sal 95 (94)/ Lc 21,34-36

“Estén siempre despiertos”.

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