Nuestra-iglesia-en-medio-de

 

Quizás vivíamos en medio de una burbuja y el coronavirus nos ayudó a despertar de nuestra creciente obesidad mental. Pues la sociedad del rendimiento, descrita por el flósofo alemán, Byung– Chul Han, compuesta por gimnasios, oficinas laborales, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos en busca de vacunas millonarias, no contempla la Iglesia dentro de ella. Sin embargo, la espiritualidad sigue siendo algo imprescindible para una existencia humana digna. De lo contrario, nos convertiríamos en una especie triste de animal laborans.

Estamos en un mundo donde los decisores suelen mandar la verdad al Gólgota; cada día es más común ver clavadas en una cruz las ideas solidarias con causas alejadas del
status quo del poder. En las sociedades totalitarias actuales existe otro tipo de violencia, no agresiva en el sentido físico y que, por su enmascaramiento, suele ser más difícil de denunciar, pues busca disuadirnos de nuestros criterios por defender al excluido, intenta neutralizar nuestras ideas para que solo apoyemos las provenientes del “gran hermano”. Tratan de controlar nuestra solidez espiritual, humana, para llevarnos a navegar a su propio mundo virtual, líquido, donde solo podemos accionar desde su sistema operativo. Es una violencia que roza lo comunicacional; ahí solo pueden pensar los “autorizados” o visitar los sitios sugeridos, que tiene más propagación que una partícula de Covid-19 en una guagua llena. Lo triste es que suele matar los horizontes de la gente.

En medio de esta realidad apocalíptica del siglo XXI, la Iglesia debe hacerse presente y mostrar la luz que tiene dentro, esa que puede desarmar la oscuridad. Cuando muchos quieren acallar nuestra voz, alejándonos de nuestra responsabilidad como miembros activos de la sociedad civil, nos toca evitar que los pintores “autorizados” realicen la obra de un solo color. Necesitamos poner en manos de la gente pinceles cargados de esperanza para dibujar un mundo distinto, donde respirar o pensar no sea un lujo.

Durante mucho tiempo hemos aprendido a vivir como la Iglesia del silencio; pero ser encarnada, orante y misionera, nos tiene que ayudar a comprender y desarmar la antinomia sembrada entre Iglesia y política en general. Para el católico, la fe debe asumir también una responsabilidad con respecto al mundo que lo rodea. Hoy, con mayor fuerza que nunca, es importante hablar con el ejemplo; no podemos escribir o twitear sobre los “pobres” cuando nunca hemos tocado esa realidad. La espiritualidad no puede ser solo para encerrarla en nuestras mentes, debe pasar por el corazón y abrirse al mundo, vencer nuestra auto-referencialidad.

Una clave importante es la búsqueda de colaboración desde la coherencia. Una vez le pregunté a un muchacho mientras repartíamos alimentos a los pobres en la Habana Vieja si él era de la Iglesia; me dijo: “que va, soy de la Juventud y toda mi familia es atea, pero aunque no lo digo muy alto, creo que ayudar en este servicio de San Egidio es lo mejor que hago por nuestra sociedad.”

Ora con la Palabra

 
  Domingo 20 de septiembre: XXV del Tiempo Ordinario

Mt 20,1-16

“...los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos”.

Lunes:  Ef 4,1-7.11-13 / Sal 19 (18) / Mt 9,9-13

“...Me gusta la misericordia más que las ofrendas”.

Martes:   Pro 21,1-6.10-13 / Sal 119 (118) / Lc 8,19-21

“...son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

Miércoles:  Pro 30,5-9 / Sal 119 (118) / Lc 9,1-6

“...los envió a anunciar el Reino de Dios...”.

Jueves:  Ec 1,2-11 / Sal 90 (89) / Lc 9,7-9

“Y tenía ganas de verlo”.

Viernes:   Ec 3,1-11 / Sal 144 (143) / Lc 9,18-22

“...El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho...”.

Sábado:  Ec 11,9 al 12,8 / Sal 90 (89) / Lc 9,43-45

“...El Hijo del Hombre va a ser entregado…”.

Suscripción al boletín

Si desea recibir la publicación en formato digital, solicítelo a la dirección: vidacristianaencuba@gmail.com.