OrfandadTristeza, soledad, desamparo… ¿Cuántas palabras vienen a su cabeza cuando escucha: “huérfano”? Una vez escuché: “Un niño que queda huérfano no será feliz jamás” ¿Comparte usted esta idea? ¿Estaría dispuesto a asumir la guarda y cuidado de un pequeño que esté en esta condición?

La vida es un mar de vivencias; algunas disfrutables y otras no.Mientras crecemos, el desafío es aprender a recuperarnos de esas que nos provocan malestar. Entiéndase “recuperarnos” como la posibilidad de conservar nuestra salud mental, reconocer aprendizajes y reorientar nuestras vidas en pos del bienestar.

Defnitivamente, las vivencias por sí mismas, por muy catastrófcas que parezcan, no son las que nos destruyen y sí la forma en que las asumimos. Un ejemplo de esta idea lo podemos encontrar en “La vida es bella”, la fabulosa película en la que el padre se las arregla para que la guerra y la cárcel no sean necesariamente un episodio traumático en la vida de su hijo. Viéndolo así, la mera condición de orfandad no basta para que un niño sea infeliz. Si cuenta con redes de apoyo que lo acompañen, podrá elaborar el duelo saludablemente.

La ingenuidad, la inexperiencia social, la condición de dependencia, la estructura adulto-céntrica en la que vivimos, son algunas de las condiciones que colocan a los más pequeños en lo último de la fla para la toma de decisiones y, por tanto, entre los grupos sociales más vulnerables. Son los padres quienes compensan esta condición asegurándoles seguridad física, afectiva; educación, salud, esparcimiento. Al faltar uno o ambos padres, los hijos pierden este escudo protector y quedan expuestos a la voluntad de terceros (familiares, vecinos, instituciones). De no observarse bien de cerca este proceso, podrían ocurrir situaciones lamentables como el maltrato, la expropiación de bienes, violaciones, explotación de menores, trata de personas. Todos estos peligros son posibles. Sin embargo, uno aparentemente insignifcante, que lo pensamos menos porque se disfraza de buenas intenciones, es la lástima, el estigma que en el imaginario social se deposita en la idea de ‘huérfano’, lo que ocurre cuando etiquetamos a un pequeño como: “el huerfanito”.

Acompañar desde la familia a un niño que ha perdido a sus padres implica asegurarle redes de apoyo que sustituyan los roles parentales. Por ejemplo: mostrar empatía, reconociendo y respetando su duelo, no dejándolos solos, tratar que los cambios necesarios no ocurran bruscamente, mantenerse al tanto de sentimientos de culpa que podrían aparecer, que la tristeza no se prolongue demasiado, que logren recuperar sus rutinas y favorecer sus recuerdos.

A nivel de país, el acompañamiento va desde las regulaciones legales que protegen y defenden los derechos de los niños, hasta la existencia de instituciones de acogida o la rigurosidad del proceso al decidir en manos de quién queda la guarda y cuidado.

Perder a los padres será una experiencia dura para los hijos, pero de la familia y la sociedad dependerá que se convierta o no, en un obligado camino a la infelicidad.

Ora con la Palabra

 

Domingo 23 de febrero: VII del Tiempo Ordinario

 

Mt 5,38-48

“...Él hace brillar su sol sobre malos y buenos...”.

Lunes:  St 3,13-18 / Sal 19 (18) / Mc 9,13-28

“...lo tomó de la mano y le ayudó a levantarse...”.

Martes:  St 4,1-10 / Sal 55 (54) / Mc 9,29-36

“...El Hijo del Hombre va a ser entregado…”.

Miércoles de Ceniza:  Jl 2,12-18 / Sal 51 (50) / 2 Co 5,20 al 6,2 / Mt 6,1.6.16-18

“...tu Padre que ve en lo secreto, te premiará”.

Jueves:  Dt 30,15-20 / Sal 1 / Lc 9,22-25

“...Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo...”.

Viernes:  Is 58,1-9a / Sal 51 (50) / Mt 9,14-15

“Llegará el tiempo en que el novio les será quitado...”.

Sábado: Is 58, 9b-14 / Sal 86 (85) / Lc 5,27-32

“No he venido para llamar a los buenos...”

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