Amar-en-serioA pesar de que en las últimas décadas la forma de abordar la sexualidad ha evolucionado en ámbitos como la familia, la televisión y las escuelas, para muchos sigue siendo un tema tabú. Por un lado, hoy se habla de ella tan abiertamente que a veces se relativiza o banaliza una dimensión humana que es sagrada desde la creación (Gn 2, 18-24). Por otro, también se habla de manera muy discreta o poco efciente, lo que da lugar a pensamientos erróneos y a comportamientos que atentan contra la integridad de la persona.

En la exhortación apostólica “Cristo Vive”, el Papa Francisco retoma las ideas debatidas en el sínodo sobre los jóvenes, para quienes “la sexualidad tiene una importancia esencial” y a quienes les “es difícil mantener una buena relación con el propio cuerpo y vivir serenamente las relaciones afectivas” (CV, 81). El Santo Padre afrma que “la moral sexual suele ser muchas veces causa de incomprensión y de alejamiento de la Iglesia, ya que se percibe como un espacio de juicio y de condena.”

¿Por qué convertir la moral sexual en un instrumento de juicio y de condena? ¿Cómo acercarse a los más jóvenes y educarlos para que vivan sana y humanamente su sexualidad?

Hoy se habla de relaciones precoces o prematrimoniales, de embarazos no deseados en la adolescencia, de inestabilidad en las parejas y de altos índices de promiscuidad, fundamentalmente en la población juvenil. Ante estas manifestaciones, el camino más fácil para algunos es “apuntar con el dedo” y dar por perdidos a los jóvenes. ¿Y si en lugar de juzgar, se les ofreciera acompañamiento, comprensión y un testimonio coherente?

La solución no debe ser ni condenar ni ser permisivos. Jesús es muy claro cuando los fariseos le llevaron a la mujer sorprendida en adulterio, con la intención de ponerlo a prueba. Después de decirles “quien esté sin pecado tire la primera piedra”, se dirigió a la mujer sin juzgarla, la dejó ir y le dijo “No peques más” (Jn 8, 3-11).

Sea adulterio, promiscuidad u otra manera de vivir desordenadamente la sexualidad, sería oportuno que los jóvenes comprendieran por qué se trata de pecados, en qué sentido dañan al hombre y a la mujer y cuáles son las repercusiones en la familia y para la sociedad.

Ser conscientes de nuestra condición de hijos de Dios, dignos de amor y de respeto, nos impulsará a no buscar a alguien “para pasar el rato” o que “nos utilice”, sino a una persona para amar “en serio”. ¿Es posible construir una relación en la que el amor mutuo sea un reflejo del amor de Dios por la humanidad? Tenemos un desafío hoy: amar de manera constructiva, con responsabilidad y compromiso. Aunque parezca una utopía, es posible amar de veras, sin egoísmos y, como nos dijo el Papa Francisco: “vale la pena apostar por la familia (…), en ella encontrarán los mejores estímulos para madurar y las más bellas alegrías  para compartir. No dejen que les roben el amor en serio.”

Ora con la Palabra

 

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

 

Jn 20,1-9

“...iÉl ‘debía’ resucitar de entre los muertos!”.

Lunes:  Hch 2,14.22-33 / Sal 16 (15) / Mt 28,8-15

“...No tengan miedo”.

Martes:  Hch 2,36-41 / Sal 33 (32) / Jn 20,11-18

“...He visto al Señor y me ha dicho esto”.

Miércoles:  Hch 3,1-10 / Sal 105 (104) / Lc 24,13-35

“...Es verdad: el Señor ha resucitado...”.

Jueves:  Hch 3,11-26 / Sal 8 / Lc 24,35-48

“Miren mis manos y mis pies: soy yo”.

Viernes:  Hch 4,1-12 / Sal 118 (117) / Jn 21,1-14

“Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió”.

Sábado:  Hch 4,13-21 / Sal 118 (117) / Mc 16,9-15

“...anuncien la Buena Nueva a toda la creación”.

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