La-Asamblea-de-Guáimaro
La Asamblea de Guáimaro fue uno de los sucesos más importantes de la Guerra de los Diez Años. Aquel encuentro entre delegados de los grupos insurrectos de Oriente, Puerto Príncipe, Las Villas y algunos patriotas de la región occidental, en la localidad camagüeyana, no fue solo un modo de buscar unidad para  hacer más efectiva la lucha contra el poder español; constituyó, ante todo, el modo de sentar las
bases para la futura República, bajo los principios de independencia, soberanía e igualdad de todos sus ciudadanos.

Las sesiones, que tuvieron lugar los días 10 y 11 de abril de 1869, no carecieron de contradicciones: los delegados orientales, encabezados por Carlos Manuel de Céspedes, defendían la unidad de mando, para no estorbar la campaña militar; los camagüeyanos, temerosos de abrir las puertas a una futura dictadura, como había ocurrido en algunos países de América, reclamaban la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, para constituir un gobierno democrático. El abogado bayamés consideraba que la abolición de la esclavitud debía ser gradual y con indemnización para los propietarios -aunque él había liberado incondicionalmente a los suyos cuando se alzó en La Demajagua- porque aún procuraba tranquilizar sobre ese punto a los grandes hacendados azucareros, para que colaboraran con la guerra. Ignacio Agramonte y otros delegados camagüeyanos y occidentales querían que el nacimiento de la República en Armas estuviera marcado por el fin de la oprobiosa institución y la adopción de los ideales de la Revolución francesa de 1789: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

La historia de la Isla recoge otros documentos constitucionales: el proyecto autonómico elaborado por José Agustín Caballero, la constitución redactada dentro de la conspiración de Román de la Luz y Joaquín Infante, así como los proyectos de autonomía y extinción de la esclavitud que el padre Félix Varela quiso someter a las Cortes españolas en el período 1822-1823, pero este era el más completo y radical.

La Constitución de Guáimaro fue un producto humano y, por tanto, no podía ser perfecta. El desarrollo de la guerra demostró que su gigantesca Cámara dificultaba la labor del Presidente y entraba en conflicto con los jefes militares. La Ley de Leyes estaba nutrida por hermosas aspiraciones, pero su aplicación por personas concretas fue defectuosa, subsistían males derivados de siglos de dominio colonial: el regionalismo, el caudillismo, los prejuicios raciales, además de  los egoísmos y enemistades particulares. Es absolutamente injusto culpar a aquella Carta Magna de que la guerra terminara en una paz sin independencia ni abolición total de la esclavitud. Aun si ella no hubiera existido, las circunstancias hubieran conducido a un desenlace semejante.

Contenía todos los reclamos de libertad por los que habían sacrificado sus vidas numerosos hijos de esta tierra: libertad de reunión, libertad de prensa, libertad de culto, abolición de toda esclavitud. Fue la configuración de una república ideal y sirvió de modelo a todas las constituciones que vinieron después. Ella nos
hizo pasar de siervos a ciudadanos.

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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