Cuba-se-quedó-conmigo“Un día me fui del país”. Esta es la oración que divide mi vida en dos, como si hubiera habido un antes y un después. Dos partes de la misma película que, aunque tienen la misma protagonista, difieren completamente en lugar y trama.

Me tocó irme a República Checa. Y digo me tocó porque, como en el caso de miles de cubanos, no tuve un catálogo de los diez mejores destinos ni hice muchas listas de pros y contras. Era irme o quedarme.

En mi caso fue irme por si acaso, “por si no se me da de nuevo la oportunidad”. Un irme porque, como decían los míos, “cuánta gente quisiera estar en mi lugar”. 

Así, con una decisión no muy bien tomada, un manojo de nervios e incertidumbres, y mucha confianza en Dios, empecé ese viaje que hoy dura ya tres años.

Cuba es la tierra de mi niñez (aunque me fui de ella con veinte años), la de mi formación. A ella le debo casi todo lo que soy. Lo que he descubierto fuera me ha hecho conocer realidades diferentes, ver de cerca tópicos que habían sido esquematizados durante toda mi vida. Así armé esa otra parte del rompecabezas que sabía existía, pero con la que no podía identificarme por serme tan ajena.

Hoy vivo en Estados Unidos. Conocer la otra mitad de mi familia, que solo identificaba por foto, me habló del amor a pesar de la distancia y los inventos humanos. Mi vida de fe también cambió. De la euforia de ir a misa dominical para encontrarme con Jesús y, además, encontrarme con esos amigos que daban forma y alegría a los domingos, pasé a hacerlo por fidelidad. Misa, porque es el centro de la vida de todo cristiano; porque la comunión es Dios que habita en ti; porque a un católico sin misa le falta vida. No tener una comunidad con que encontrarme y sentirme en comunión le cedió mucho terreno al “ya iré mañana”, “Dios está en todas partes”, y a todas esas formas de apatía religiosa de las que había oído hablar.

Extrañaba las homilías cercanas, el ritmo contagioso de los cantos, las reuniones del grupo de jóvenes, las misiones sociales. Y así, después de una vida en la que Cuba parecía siempre estar entre los últimos lugares en todo, descubrí que nuestro modelo de Iglesia es una riqueza rara en el mundo moderno.

Cuba sigue ahí. Algo ha cambiado; la mayoría, no. Cambios paulatinos, erráticos, simbólicos, poco representativos para el cubano de a pie. Yo también he cambiado. Ahora comparo menos, y trato de hallar riqueza y gracia en lo que me rodea. Cuba me emociona igual o más que antes. Me entristecen sus penas y me alegro con sus alegrías. Me acaloro en discusiones sobre ella, y aunque ahora entiendo todas las posiciones, me pregunto también qué será lo mejor.

No me siento una “cubana de allá”. Me duele que hasta desde el lenguaje se erijan barreras. Un día me fui del país… pero Cuba se quedó conmigo.

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

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