padreHijoWebEn ocasiones, escribir exige un esfuerzo mayor del corazón que de la mente. En mi caso, este es uno de esos momentos. A mi papá pocas veces le he dicho: “Te quiero”. Quizás, hoy sea una de las ocasiones en que se lo puedo expresar de forma más concreta. Por eso considero que la mayor enseñanza de este artículo es la invitación a decirles a nuestros familiares cuánto los queremos.  
 
En 29 años solo he llorado leyendo dos textos: Corazón, de Edmundo De Amicis y un ensayo hecho por mi papá. Lo curioso es que al terminar de leerlo, él me preguntó mi opinión: su deseo me hizo recordar cómo llegué a soñar con ser comunicador.

El grado doce fue un año complejo en mi vida. Si algo lamento de aquellos tiempos, fue no haber leído todo lo necesario. De ahí que necesité la ayuda de una periodista para prepararme para las pruebas de aptitud de su carrera.

Al llegar a la universidad para el examen, no pude entrar porque había dejado el carnet. El día anterior mi mamá había sido ingresada con gastritis aguda y la casa era una locura.

Con el favor de Dios, el responsable de las pruebas me dio la oportunidad de presentarme un mes después. Esos 30 días fueron de arduo estudio. Veía el esfuerzo de mi viejo por atender a mi mamá sin descuidarnos a nosotros. No podía fallar, mi aprobado era el mejor regalo que les podía dar.

Llegó el día esperado. Mi papá fue mi camarada de aventura  de Cienfuegos a Villa Clara. Antes de entrar al aula, me despedí de mi compañero de viaje y en sus ojos veía más temor que en los míos. La primera prueba de cultura general la pasé, pero, en la segunda de redacción no lo logré.

Recuerdo la cara de felicidad de mi padre al saber el primer resultado; cuando me dijeron la nota del segundo no tenía fuerzas para decírselo. Solo me paré frente a él y le dije: “no pude”, mis ojos se resistían a contener la humedad. Durante el trayecto de regreso, esperé un reproche de su parte; incluso, quería que me regañara. Le había fallado, todo su sacrificio era en vano. Entonces, fue cuando recibí una de las mayores lecciones de mi vida. Mi papá me miró y con orgullo me dijo: “Hijo, sé que te esforzaste; esta vez no se pudo, ya vendrán otras oportunidades”.

Hace unos meses, una mujer de Cienfuegos nos dijo confundida – porque mi padre y yo tenemos el mismo nombre–: “¿Cuál de ustedes es el que escribe en Vida Cristiana, para decirle la opinión de una amiga?” La miré y le dije: “Señora, si es para bien, su amiga puede pensar que es mi papá; pero, si es algo negativo, debe estar segura de que yo soy el único culpable de cada letra”. Ella se río y dijo: “Este muchacho es igual que su padre.”

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

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