niñosSonriendoWebSiempre soñé con poder escribir algo grande que fuera preservado como el Popol Vuh. Pero después de redactar algunos textos, prefiero ser recordado más por la calidad de mis actos que por la inteligencia de mis letras. Dios nos ha regalado el derecho de amar y eso no nos los puede arrebatar nadie.

Hace unos meses un recluso me escribió al correo de Vida Cristiana: “Estimado amigo, su texto de «Sólo Dios pesa los corazones» se lo compartí a varios compañeros de cárcel y fue un motivo de esperanza para los que lo leímos”. Aunque no sé si él pueda recibir esta hoja, le quiero decir que para mí también fue un gran aliciente saber que, aun en los lugares en que la vida es más ardua, hay hombres y mujeres que no renuncian al derecho de soñar y de salir a mejorar su vida y su entorno, a pesar de los errores. Todos nos podemos equivocar y, por suerte, tenemos derecho a rehacernos.

En su mensaje también me comentaba sobre la señora de la Iglesia que le hizo llegar mi artículo. Es una persona jubilada que apenas lo conoce, y quien de sus ahorros nacionales extrae una parte importante para mandar mes tras mes alimentos a la prisión. Hoy más que nunca estoy consciente de que gente así son las que se van de este mundo dejándolo un poco mejor.

La humanidad tiene que tirar con fuerza del carro nombrado Amor, porque de él se desprenden todos los derechos. Es necesario que aprendamos a escucharnos. Lo importante no es tan solo tener la razón, sino ayudar a descubrir al prójimo un camino que lo conduzca a la verdad. He aprendido de una persona cercana que un buen corazón es más valioso que una mente llena de conocimientos.

No olvido que hace un año, mientras participaba de una recepción, observé a un religioso extranjero guardar en servilletas algunos de los dulces finos del evento. Primero pensé: “Ya este hombre es más cubano que yo, y aprovecha la oportunidad para resolver el desayuno de mañana.” Luego me dio botella hasta la casa y de camino me dijo: “Estaban ricos los dulces, ¿verdad?”. Yo le repliqué: “Son de afuera”, mientras parábamos cerca de un señor con trastornos psiquiátricos. Lo vi coger una jabita con todos los dulces, se bajó y le dijo: “Para ti y tu abuela”. Luego regresó feliz al auto y me comentó: ¿Viste su cara? Él vive con su abuela de 90 años y estoy seguro de que hace tiempo no comen algo de tanta calidad.” Este sacerdote nunca recibió las gracias, y no le hacía falta; nada podría arrancarle su derecho a la felicidad.

A lo mejor mi texto es una locura; igual siento que hoy, cuando los Derechos Humanos son reclamados para las causas más inverosímiles, por qué no darles otro enfoque y mirarlos entonces desde gestos concretos realizados por personas comunes, en favor de compensar a los marginados y así otorgarles el derecho a sonreír.   

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

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