cristoWebPor la calle Reina sube y baja mucha gente durante todo el día. Algunos entran en el templo del Sagrado Corazón de Jesús y se arrodillan delante de un crucificado de tamaño natural. Llegan con el rostro angustiado y se van fortalecidos. ¿Por qué sale tanta vida de una muerte tan inhumana? Dios es Amor, y de la cruz sólo puede manar amor.

En Jesús nos encontramos con Dios en una vida humana. Vino a este mundo para que todos tengamos vida en abundancia, en el espíritu y en el cuerpo, las personas, las comunidades y los pueblos. El que se acercaba a Él se sentía cambiado e invitado a entrar en una nueva manera de vivir, porque la gracia del reino de Dios había llegado para todos. Llegó hasta los más vulnerables y descalificados para integrarlos a la vida, a los que iban languideciendo poco a poco con enfermedades incurables, bajo condenas y discriminaciones religiosas, deprimidos por las deudas, el hambre, los impuestos y el control del Imperio y de las autoridades judías.

Al verlo a él, contemplamos el rostro de un Dios de bondad y de cercanía que está siempre a nuestro lado, atento a cada detalle de la vida humana no para castigarnos, ya bastante nos castigamos a nosotros mismos y a los demás con nuestros pecados, sino para buscarnos como a la oveja perdida en medio de la noche y de los lobos, para sacarnos de la perdición como la mujer busca su moneda entre la basura de la casa. En nuestra búsqueda llegó hasta una muerte propia de esclavos, entre dos delincuentes peligrosos.

Jesús fue condenado a morir, porque la vida que traía para todos, el mundo nuevo que dibujaba, la imagen de un Dios tan bueno y justo, les resultaban peligrosos, dañinos a los dirigentes judíos y romanos. Jesús murió porque se comprometió para darnos vida definitiva a todos.

Hay un lenguaje para hablar de la muerte de Jesús que no es justo. Se dice que Jesús tuvo que pagar con su sangre nuestra salvación. Es verdad que derramó su sangre por nosotros, pero no fue para pagar un precio al Padre, como si a Dios le agradase ver correr la sangre de sus hijos. Dios sufre con nosotros y hoy sigue en la cruz con cada uno de nosotros.

Mantenemos a Jesús crucificado en el centro de nuestras iglesias, lo llevamos sobre el pecho, lo colocamos en nuestras casas, porque su historia de abuso e injusticia sigue reproduciéndose hoy de maneras nuevas en los sueldos de hambre, en el tráfico de inocentes, en los niños soldados, en las víctimas de la droga, y en los que combaten las injusticias sociales y políticas.

Al ver el cuerpo destrozado de Jesús, muchos leen en él su propia historia. "Dentro de tus llagas, escóndeme". Así ya empiezan a resucitar las propias heridas junto a las de Jesús resucitado. El Amor es más fuerte que las heridas, las injusticias y las sepulturas.

Ora con la Palabra

 

Domingo 31 de mayo: Solemnidad de Pentecostés

 

Jn 20,19-23

“...sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo...”.

Lunes: Santa María, Madre la Iglesia
 
Hch 1,12-14 / Interl. Jdt 13,18bcde.19 / Jn 19,25-27

“..ánimo, yo he vencido al mundo”.

Martes:  2 P 3,12-15a. 17-18 / Sal 90 (89) / Mc 12,13-17

“...a Dios, lo que corresponde a Dios”.

Miércoles:  2 Tim 1,1-3.6-12 / Sal 123 (122) / Mc 12,18-27

“...no es un Dios de muertos, sino de vivos”.

Jueves: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote 
Gn 14,18-20 / Sal 110 (109,1.2.3.4) /1 Co 11,23-26 / Lc 9,11b-17

“Todos comieron hasta saciarse”.

Viernes:  2 Tim 3,10-17 / Sal 119 (118) / Mc 12,35-37

“Mucha gente acudía a Jesús...”.

Sábado:  2 Tm 4,1-8 / Sal 71 (70) / Mc 12,38-44

“...no tenía más, y dio todos sus recursos”.

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