Signos-bautismales

En los domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma escuchamos este año tres eventos del evangelio de Juan: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.

¿Por qué escoge Juan estos encuentros con Jesús y los narra con tanto detalle? El cuarto evangelista tenía muy presente la situación de las iglesias en torno a Éfeso donde vivía. Había muchos prejuicios, se daba poco valor a la mujer y se discutía sobre cuál era la verdadera religión. Se preguntaban si los defectos físicos y las enfermedades eran castigo de Dios y qué sentido podría tener la pérdida de un ser querido. Juan escoge tres acontecimientos de la vida de Jesús e, inspirado por el Espíritu Santo, los cuenta de modo que cada uno de ellos ilumine algunos de los problemas que encontraba en su tiempo la Iglesia.

Así, nos describe cómo Jesús supera todo prejuicio cuando se dirige a la mujer samaritana que llevaba una vida desordenada: “Si tú conocieses el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», Él te habría dado agua viva.” La palabra de Jesús sacia toda sed y conduce a un culto en Espíritu y verdad grato a Dios Padre. La mujer difunde la buena noticia y su pueblo llega a creer en Jesús como Salvador del mundo.

Al encontrarse con el ciego de nacimiento, Jesús aclara que no es un castigo de Dios la ceguera física, sino una ocasión para que se muestre nuestra solidaridad con quien padece alguna discapacidad física. Jesús, Luz del mundo, dice al ciego: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé.” Al poder ver, dio testimonio de Jesús ante los letrados incrédulos. El ciego resulta iluminado y aquellos que creían ver, discriminando a otros, se ciegan ante la Luz de Cristo.

El relato de Lázaro muestra el don de Jesús para con sus amigos. Marta ya creía en la resurrección de los muertos en el juicio final. Pero Jesús la lleva, junto a su hermana María, a reconocer que Él es, ya desde ahora, la Vida para el mundo. En Betania, ante la tumba de Lázaro, Jesús se conmueve y llora, pero también grita a su amigo Lázaro “sal fuera”. En Cristo, la vida del creyente no termina, solo se trasforma.

La Iglesia nos prepara, con estos tres signos de Jesús, a la Pascua de Resurrección. Con el agua viva bautismal pasamos de las tinieblas a la luz y de la muerte a la vida, porque el Espíritu del Señor nos hace hijos de Dios Padre, capaces de ser testigos de Cristo como la mujer samaritana, el ciego iluminado y los  hermanos de Betania.

Jesús resucitado le dijo un domingo a Tomás: “Bienaventurado quien sin haber visto ha creído.” Bienaventurado, pues, quien mira con ojos de fe los signos que Juan nos narra, para que, contemplándolos, recibamos la vida eterna y testimoniemos con valentía su Palabra.

Ora con la Palabra

 

Domingo 25 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mt 22,34-40

“...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma…”.

Lunes:  Ef 4,32 al 5,8 / Sal 1 / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”.

Martes:   Ef 5,21-33 / 128 (127) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza…”.

Miércoles:  Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió de entre ellos a doce…”.

Jueves:  Ef 6,10-20 / Sal 144 (143) / Lc 13,31-35

“...al tercer día mi obra quedará consumada”.

Viernes:   Fil 1,1-11 / Sal 111 (110) / Lc 14,1-6

“...tocando al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:  Fil 1,18-26 / Sal 42 (41) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será enaltecido”.

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