VirgenMaríaWebEl relato del pecado de Adán y Eva nos presenta el comienzo de una historia que es la nuestra. Una historia marcada por el pecado.
Dios quiso redimir esa historia y comenzar una nueva humanidad con un hombre y una mujer nuevos, santificados de raíz: Jesús y María. Jesús era el Santo por antonomasia: hombre y Dios verdadero. Era, pues, necesario santificar también a la mujer. Pero, ¿cuándo?, ¿cómo? Y aquí entra en escena el misterio que llamamos “Inmaculada Concepción”. ¿Qué significa esa expresión?
No se trata de explicar cómo concibió María a Jesús -esto es el misterio de la Encarnación del Señor-, sino de afirmar que, en el momento en que ella, María, fue concebida en el seno de su madre, Dios la santificó de raíz. Ella es, por tanto, santa desde el instante mismo en que empezó a existir. Es inmaculada, sin mancha alguna. Por esto no es extraño que la llamemos también “la Santísima Virgen”.

En la historia de la humanidad sólo hubo otra persona que fue santa antes de nacer. Lucas, en su evangelio, nos dice que cuando María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel, esta le dijo: “En cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno”. Era la alegría por haber sido santificado. Sin embargo, el hijo de Isabel, Juan Bautista, no fue santificado de raíz como María. En realidad ya llevaba seis meses en el seno de su madre. María es la única creatura que por privilegio especial fue hecha santa, no sólo antes de nacer, sino en el momento mismo de ser concebida.

¿Y por qué ese privilegio? Porque iba a ser la madre de Jesús, el Hijo del Altísimo. También porque, si Jesús, como nuevo Adán, venía a iniciar una nueva humanidad basada en la obediencia y el amor hacia Dios, su Padre, era necesario poner a su lado una nueva Eva, caracterizada por su aceptación plena de la voluntad de su Señor.

Entonces podemos preguntarnos: ¿dónde apoyó la Iglesia, desde sus comienzos, la fe en esa concepción excepcional de María? ¿Cómo supo que al ser santa en ningún momento de su existencia la manchó pecado alguno?

En el evangelio de Lucas, al saludar el ángel Gabriel a María, le dice: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo”. “Llena de gracia” equivale a plenitud de santidad.
Y podríamos añadir nosotros que, en el evangelio de Juan, en el momento solemne de la cruz, las palabras de Jesús dirigidas a María y referidas al discípulo amado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, nos confirman la idea de que a María se la había hecho capaz de ser la nueva Eva, la madre de la nueva humanidad, pero ahora sin mancha alguna.

De hecho, la Iglesia, asistida por el Espíritu, proclamó como dogma, como verdad de fe, el misterio de la Inmaculada Concepción en el año 1854, por boca del Papa Pío IX. Su fiesta es motivo para nosotros de gran alegría.

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

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