Santi-Andrea-Dung-Lac

 

“La esperanza es esa cosa con plumas que se posa sobre el alma
y canta la melodía muda que no cesa jamás.”
Emily Dickinson

Dice el Eclesiastés que hay un tiempo para todo y sintetiza el hermoso y sorprendente ciclo de nuestros días tras la melodía de un aparentemente rutinario estribillo.

Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado.
Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir y su tiempo el edificar.
Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse y su tiempo el danzar.
Su tiempo de lanzar piedras, y su tiempo de recogerlas; su tiempo el abrazarse y su tiempo el
separarse.
Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder; su tiempo el guardar y su tiempo el tirar.
Su tiempo el rasgar, y su tiempo el coser; su tiempo el callar, y su tiempo el hablar.
Su tiempo el amar y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra, y su tiempo la paz.

El ciclo expuesto nos introduce en el misterio de la espera. De un tiempo a otro la esperanza vuela trinando nuevos comienzos. El Adviento llega como ese leve posarse que anuncia un tiempo de nacer. Los grandes misterios de la fe como los grandes acontecimientos de la existencia, suelen tener preámbulos. No hay buen comienzo que no haya sido felmente custodiado y conservado por esa paciente espera que tiene dentro un germen de promesa y de certeza indestructibles y que, amparada con la debilidad de la sombra, de lo profundo, de lo invisible, nos prepara para el alumbramiento. Ojalá la vigilia nos haya cambiado algo por dentro.

A las puertas del Adviento, reconocemos nuestros vuelos truncados; más de uno ha sido aislado, distanciado, confnado. ¡Los tiempos de la vida! Sin embargo, la esperanza sigue revoloteando libre, recordándonos que hay un distanciamiento más grave: el aislamiento del corazón traducido en indiferencia, que corta las alas y los sueños de una humanidad que anhela el tiempo de sanar.

Que la vida que expectantes aguardamos cante la melodía de la ternura y la proximidad que sanan.Que la belleza de los gestos de bondad cotidianos quede registrada en la partitura de un mundo que tiene inevitablemente que nacer de nuevo y aprender esa proximidad del Dios con nosotros que sabe de “justas cercanías”.

Prendamos en nuestras vidas la gran “corona”, esa que esta vez no amenaza, sino que enciende las primeras luces de un alumbramiento que no debe cesar jamás. Que la luz de la esperanza destierre las tinieblas del miedo y de la muerte y prepare el corazón como lugar de amparo para la Vida.

Vivamos este Adviento conscientes de que Dios está haciendo brotar algo nuevo y dispongámonos a descubrirlo en la melodía muda que susurra en el sacro escenario de la vida.

Ora con la Palabra

 

Domingo 18 de abril: III de Pascua

 

Lc 24,35-48

“...debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón...”.

Lunes:   Hch 6,8-15 / Sal 119 (118) / Jn 6,22-29

“...Él ha sido marcado con el sello del Padre”.

Martes:   Hch 7,51al 8,1 / Sal 31 (30) / Jn 6,30-35

“...Yo soy el pan de vida”.

Miércoles:  Hch 8,1-8 / Sal 66 (65) / Jn 6,35-40

“...yo lo resucitaré en el ultimo día”.

Jueves:   Hch 8,26-40 / Sal 66 (65) / Jn 6,44-51

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

Viernes:   Hch 9,1-20 / Sal 117 (116) / Jn 6,52-59

“El que coma este pan vivirá para siempre”.

Sábado:  Hch 9,31-42 / Sal 116 (115) / Jn 6,60-69

“...nadie puede venir a mí si no lo concede el Padre”.

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