Monseñor-MeuriceSe conmemora este año el 65º aniversario de la ordenación presbiteral (1955) de Pedro Claro Meurice Estiú, por manos de Mons. Enrique Pérez Serantes, quien también lo consagró obispo (1967), y de quien sería su sucesor como Arzobispo de Santiago de Cuba (1970).

¡Cuántas experiencias, gozosas y dolorosas, viví cerca de él desde comienzos de los 60, cuando no cedió a las presiones para que se marchara de Cuba! Fui su acólito en mi parroquia de la Sagrada Familia de Vista Alegre, allí, donde tantas lágrimas secó y a tantos parroquianos tuvo que despedir. Grabado tengo su rostro indignado al desmantelar el altar y el sagrario de la capilla de las catequistas Sopeña cuando tuvieron que partir. Fui testigo de su entusiasmo con la renovación del Concilio Vaticano II y con lo vivido personalmente en la Conferencia de Medellín. Fue un gran promotor del apostolado seglar.

Traslucía una alergia instintiva a honores y homenajes. Se sentía más a gusto cuando se le llamaba Padre en vez de Monseñor. Sus amigos más cercanos lo llamaron siempre Perucho. Era un hombre parco, pero con un corazón inmenso, sencillo y generoso.

Fueron sus palabras, en la mañana del 24 de enero de 1998, para dar la bienvenida al Santo Padre Juan Pablo II en la Plaza Antonio Maceo, las que proyectaron su imagen al mundo. Aún siguen resonando. En apenas una cuartilla, de manera respetuosa y veraz, supo dibujar certeramente la realidad de nuestra Patria, con sus luces y sombras, sus penas y alegrías, sus anhelos y esperanzas.

No faltaron quienes, apresuradamente, lo tildaron de “oportunista”, como si hubiera tenido que cobijarse bajo la “sombrilla” del Papa para expresarse como lo hizo. Otros, poco después, vieron frustrados sus intentos de manipularlo políticamente pretendiendo utilizarlo como bandera para dividir más al pueblo cubano. No se prestó para ello.

Luego de una prolongada enfermedad la muerte lo sorprendió el 21 de julio de 2011, lejos de la Patria, más allá del mar.

Cuando esperábamos el traslado meditaba: “Dentro de unas horas el cadáver de Monseñor Meurice trazará un arco en los cielos del Estrecho de la Florida que geográfcamente nos separa, enlazando Miami con Santiago de Cuba.” Y me preguntaba: “¿Acaso nuestros corazones endurecidos nos impedirían interpretar su vuelo repatriador como arcoiris de esperanza que quiere iluminar el horizonte de este pueblo que
sufre, vive y espera aquí, y también sufre, vive y espera allá fuera, urgiéndonos a seguir buscando y trabajando por la reconciliación y la unidad de todos los cubanos, no como fruto de la uniformidad, sino de un alma común y compartida a partir de la diversidad? ¿No sería este esperanzador empeño el mejor homenaje póstumo a nuestro pastor bueno, tal vez el único que aceptaría recibir desde la otra orilla?” Por tu fidelidad a Dios, a la Iglesia y a Cuba, y por tu inmensa generosidad: nuestra infnita gratitud, Padre Meurice. Marana Thá. ¡Ven, Señor Jesús!

Ora con la Palabra

 

Domingo 25 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mt 22,34-40

“...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma…”.

Lunes:  Ef 4,32 al 5,8 / Sal 1 / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”.

Martes:   Ef 5,21-33 / 128 (127) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza…”.

Miércoles:  Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió de entre ellos a doce…”.

Jueves:  Ef 6,10-20 / Sal 144 (143) / Lc 13,31-35

“...al tercer día mi obra quedará consumada”.

Viernes:   Fil 1,1-11 / Sal 111 (110) / Lc 14,1-6

“...tocando al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:  Fil 1,18-26 / Sal 42 (41) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será enaltecido”.

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