Curamos-porque-somos-curado

Hace unos veinte años estaba en la sacristía, tras participar en la misa del P. Antonio, cuando escuché voces en el templo. Me asomé y vi a una ministra hablando con quien parecía un mendigo. Les hago señas para que, discretamente, se retiren de la iglesia. Al volver a la sacristía comenté al padre lo ocurrido. Él se asomó al templo, los llamó y preguntó qué pasaba. El señor le contó que era la primera vez que  participaba de la misa en esta iglesia; al acercarse a comulgar la ministra le cruzó los brazos, le hizo la señal de la cruz y lo invitó a seguir de largo. Le había negado la comunión.

El P. Antonio nos miró y nos preguntó serenamente: “¿La Eucaristía es alimento para los santos o para los pecadores?” Ambos miramos para abajo; mientras tanto el sacerdote tomó del hombro al señor, lo llevó hasta el sagrario, le dio el pan eucarístico, le pidió perdón y lo acompañó hasta la calle.

Vinieron a mi corazón las palabras de Jesús: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” (Mc 2,17). El P. Antonio tuvo muy claro aquello que la Iglesia predica como expresión de la vida de fe: el principio de la misericordia prevalece por encima de nuestras subjetividades.

En la liturgia, los gestos y palabras de los pastores que nos regalan la gracia del amor oblativo de Jesús, deben realizarse con sencillez, respeto y sobriedad; sin exageraciones, ni actitudes, formas o mensajes que confundan “el servicio ministerial” con una “Sacra Potestas”.

Se celebra lo que se vive y viceversa. No es adecuado colocar el énfasis en modas ni folclores que nos recuerden más un atelier de ropa y artículos de diseño del siglo XIX, que en vivir, celebrar y comunicar dignamente el misterio de nuestra fe según las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Nos corresponde animar y acompañar una Iglesia comunión, casa de todos, cada vez más ministerial, con calidez familiar, consecuencia de calentar el corazón en el encuentro personal y comunitario con el Señor, quien nos hace comunidad eclesial de puertas abiertas.

Comunicamos a Jesucristo en la Cuba del siglo XXI, asumiendo los valores culturales y purifcando aquello que desvirtúa la verdad del Evangelio, o simplemente  “implantamos el Reino”. La encarnación no es una opción, es una decisión de Dios.

La liturgia no es un mero acto comunicativo, como lo sería una “obra teatral”. El centro es Jesús y la buena nueva del Reino. Tampoco es la mera “proyección de un mensaje”, sino que produce lo que signifca, hace presente la realidad divina.

Quien vive la liturgia con fe comunica a Jesucristo. Quien sabe predicar, pero además es coherente con lo que predica, conduce a Cristo. A quien es testigo de Jesús, el Espíritu Santo le inspira la palabra y el gesto adecuado. Esto vale para todos los cristianos, pero para los sacerdotes es un imperativo
sine qua non, imprescindible.

Hay que saber discernir entre lo esencial y lo accidental.Evangelización es comunicación, llevando en la carne las angustias y alegrías del pueblo, curando, porque somos curados por la misericordia.

Ora con la Palabra

 
  Domingo 20 de septiembre: XXV del Tiempo Ordinario

Mt 20,1-16

“...los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos”.

Lunes:  Ef 4,1-7.11-13 / Sal 19 (18) / Mt 9,9-13

“...Me gusta la misericordia más que las ofrendas”.

Martes:   Pro 21,1-6.10-13 / Sal 119 (118) / Lc 8,19-21

“...son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

Miércoles:  Pro 30,5-9 / Sal 119 (118) / Lc 9,1-6

“...los envió a anunciar el Reino de Dios...”.

Jueves:  Ec 1,2-11 / Sal 90 (89) / Lc 9,7-9

“Y tenía ganas de verlo”.

Viernes:   Ec 3,1-11 / Sal 144 (143) / Lc 9,18-22

“...El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho...”.

Sábado:  Ec 11,9 al 12,8 / Sal 90 (89) / Lc 9,43-45

“...El Hijo del Hombre va a ser entregado…”.

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