Un-camino-de-uno-y-de-todosEs duro el camino de la conversión. Es meta que contiene en sí misma otras metas. Es primer paso que dibuja la llegada como inmensa interrogante. Es andar que solo termina con la muerte. Muchos la asumen como signo de perfección, pues sabiéndose débiles en sus propias fuerzas, ponen toda su confianza en el Dios que sabe y quiere perdonarlos.

Y es que la conversión consiste en aceptar a Cristo como nuestro Dios y guía. Ante esta decisión, abrimos nuestro corazón a su Espíritu Santo para que nos transforme en personas libres para amar sin condiciones. Dicho en palabras sencillas y llanas, la conversión supone un nuevo modo de vida (otra vida, si se quiere) que contempla un cambio de actitud y un alejarse de egoísmos.

Ciertas definiciones califcan los procesos de conversión de auténticos. Mas, ahora, con la abierta intención de alejarnos de califcativos que solo sirven para coartar las vivencias de quien ha decidido aferrarse a Dios -aun cuando se sabe pecador- para sanar su corazón y cambiar su actitud ante la vida y ser mejor persona, vale insistir en que se trata de una experiencia personal, única. En este sentido, corresponde acompañarnos como cristianos, pero no actuar cual “jueces todopoderosos” de la vivencia ajena; pues  podría ocurrir lo que tanto advertía un viejo amigo, el Hno. Manuel Cólliga, de la comunidad juanina en Cuba, al hablar del
tema: “si nos detenemos en cómo vive la conversión el hermano, dejamos de vivir la nuestra; mejor, nos acompañamos”.

Todos somos pecadores; eso es una verdad de Perogrullo. Estamos en un mismo camino que terminará con la muerte. Nos corresponde acompañarnos y acogernos los unos a los otros sin detenernos en las diferencias que descubren solo nuestros ojos. Es Dios quien en su misericordia infnita entiende, comprende y perdona. Su misericordia es, precisamente, la perfección del Amor genuino, a tal punto de que fue capaz de entregar a su Hijo a la muerte en cruz para que de ese modo fuesen perdonados los pecados humanos, los de todos. Los de quien llega por primera vez a la Iglesia; los de quien regresa después de años de ausencia; los de quien camina cualquiera de nuestras calles sin siquiera mirar a la puerta de un templo; los de quien, domingo tras domingo, escucha su Palabra.

Vivamos la conversión personal desde la solidaridad con el hermano. Por cada convertido, por cada hombre o mujer que se acerque a Dios, se construye una sociedad más justa y humana según su designio. Todos, sin excepción, desde la fe más sencilla, nos hemos acercado a Él para pedirle algo y sentirnos abrazados y tocados por su Espíritu. Es Él quien nos ha llamado a vivir la conversión. Seamos, desde nuestra autenticidad, mejores caminantes en este andar que iniciamos cada día.

Ora con la Palabra

 

Domingo 7 de junio: Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Jn 3,16-18

“Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda...”

Lunes:  1 R 17,1-6 / Sal 121 (120) / Mt 5,1-12

“Felices los de corazón limpio...”.

Martes:  1 R 17,7-16 / Sal 4 / Mt 5,13-16

“Ustedes son la luz del mundo...”.

Miércoles:  1 R 18,20-39 / Sal 16 (15) / Mt 5,17-19

“...será grande en el Reino de los Cielos...”.

Jueves:  Hch 11,21b-26;13,1-3 / Sal 98 (97) / Mt 10,7-13

“iEl Reino de los Cielos está ahora cerca!”.

Viernes:  1 R 19,9a.11-16 / Sal 27 (26) / Mt 5,27-32

“...No cometerás adulterio”.

Sábado:  1 R 19,19-21 / Sal 16 (15) / Mt 5,33-37

“Digan sí cuando es sí, y no cuando es no...”

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