Reforma-Litúrgica-IICincuenta años atrás el Papa Pablo VI publicó el nuevo Misal Romano, que renovó la celebración eucarística después del Concilio Vaticano II. Muchos acogieron las transformaciones del concilio con gran entusiasmo y promovieron la plena y activa participación de los fieles, así como la renovación de los espacios de culto. Lamentablemente, tampoco faltaron excesos e improvisaciones que llevaron a destruir verdaderas obras de arte e impusieron al pueblo la creatividad personal de algunos ministros en nombre de una inculturación poco reflexionada. Otros feles y miembros del clero sintieron que la reforma era una traición a la “misa de siempre” y se aferraron a modos e indumentarias de estilo marcadamente pre-conciliar.

El deseo del Vaticano II en el campo litúrgico fue la simplifcación de los ritos con el objetivo de volver a la norma de las primeras generaciones cristianas. Es interesante descubrir cómo esta misma motivación llevó, quinientos años atrás (1570), al Papa Pío V a reformar el Misal Romano para crear la misa tridentina. En la época de la Reforma Protestante abundaban numerosos misales en  dependencias de lugares o familias religiosas. Muchas de las fórmulas contenidas en los mismos rayaban en la superstición o incluso la simonía; por ello, el Concilio de Trento (1545-1563) ordenó su revisión. Pio V suprimió la mayoría de estos misales y unifcó la liturgia. Esta reforma debe ser valorada según sus circunstancias históricas de confrontación con el movimiento protestante de entonces y según el conocimiento limitado de los textos antiguos disponibles entonces.

La misa tridentina no pudo extraer las riquezas de la participación plena y activa por parte del pueblo que caracterizó a las primeras generaciones cristianas. Uno de sus límites fundamentales fue quedar casi exclusivamente reducida a una celebración individual del sacerdote, que constituía el centro de su piedad personal. Las misas privadas sin participación de feles, el rezo del rosario u otras devociones durante la eucaristía, e incluso el sonido de la campanita para “avisar” la consagración, mostraron la necesidad de un desarrollo posterior que continuara la intuición de Pío V. Cuando Pablo VI promulgó el nuevo misal, permitió continuar la misa tridentina en solitario a los sacerdotes “ancianos o enfermos” que no tenían una pastoral activa. Ambos ritos, el de Pío V y el de Pablo VI, no pueden ser vistos como dos modos de celebrar en contradicción, sino como un desarrollo natural de la liturgia que siempre se reforma para ser fiel a su misión. Tan perjudicial es oponerlos a ambos como quedarse atrapados en el primero.

Cincuenta años es tiempo sufciente para valorar las riquezas y los límites de la reforma litúrgica y seguir adelante haciendo de la “participación plena y activa de los feles” no simplemente una manera de celebrar los sacramentos, sino un nuevo modo de ser comunidad cada vez menos clerical. La forma en que oramos refleja el modo en que creemos. (
Lex orandi, lex credendi).

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de enero: III del Tiempo Ordinario

 

Mt 4,12-23

“La gente que vivía en la oscuridad ha visto una luz muy grande...”.

Lunes:  2 Sm 5, 1-10 / Sal 89 (88) / Mc 3,22-30

““...se les perdonará todo a los hombres...”.

Martes:  2 Sm 6,12b-15.17-19 / Sal 24 (23) / Mc 3,31-35

“…¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”.

Miércoles:  2 Sm 7,4-17 / Sal 89 (88) / Mc 4,1-20

“...se les ha dado el misterio del Reino de Dios...”.

Jueves:  2 Sm 7,18-19.24-29 / Sal 132 (131) / Mc 4,21-25

“...al que produce se le dará más...”.

Viernes:  2 Sm 11,1-4ª.5-10ª.13-17 / Sal 51 (50) / Mc 4,26-34

“La tierra da fruto por sí misma...”.

Sábado:  2 Sm 12,1-7ª.10-17 / Sal 51 (50) / Mc 4,35-41

“¿Todavía no tienen fe?”.

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