santa veronica grande
El velo que cerraba el santuario del templo se rasgó de arriba abajo y el centurión que estaba al frente, al ver cómo había expirado, dijo: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. (Mc15, 38-39)
Mientras dormía, soñó con una escala apoyada en la tierra que tocaba el cielo con su punta. (Gn 28, 12)

Los ojos abiertos de un soldado y el sueño de un nómada buscador se convierten en imágenes que nos acercan a esa “sensibilidad para percibir a Dios y su acción en este mundo” que la espiritualidad ha llamado mística.

La mística pareciera una palabra ausente de nuestras vidas. Muchas veces nos llega con resonancias
un poco desajustadas, incluso como parte de un imaginario cargado de idealizaciones y desdibujado.

La experiencia del centurión romano es una apropiada lección para borrar de nuestra mente cualquier sospecha de privilegio o sabiduría que deba tener quien experimenta la presencia desafiante del mismo Dios. Jacob, por su parte, apenas puede formular lo acontecido, solo cuenta con la sensación de un Dios que, confiesa, ha estado ahí sin él saberlo. La mística quizás sea una especie de confesión que arranca de nuestros labios no solo el grito y la pregunta estremecedora: “¿Dónde está Dios?”, sino la intuición valiente de una presencia: “Estaba aquí y no lo sabía.” (Gn 28,16)

El velo rasgado del templo, que parece devolver la visión al centurión, nos hace trasladarnos a la escena del Jordán con el cielo rasgado, mostrando que a través de la realidad rasgada Dios se manifiesta claramente. Sin embargo, todavía hoy tenemos la tentación de seguir poniendo un velo que separa a Dios y le concede espacios reservados.

Cuando Jacob despierta, nombra el lugar como casa de Dios; no puede ya dejar de percibir su presencia “abiertamente”. En un “abrir” y “cerrar” de ojos, Dios ha sido contemplado.

Mística de ojos abiertos y mística de ojos cerrados: una necesaria amalgama para la vida espiritual. Benjamín G. Buelta nos dice: “Todos necesitamos ser místicos de ojos abiertos, contemplando el mundo desde donde Dios actúa (…) y al mismo tiempo todos necesitamos ser místicos de ojos cerrados (...) El que no sabe ver la obra de Dios con los ojos cerrados, ¿cómo podrá verla con los ojos abiertos?

“Los verdaderos místicos tienen cuerpos sensibles a los crucificados de este mundo, a los que merodean constantemente los linderos de la muerte. No pueden apartar sus ojos y su carne de esos crucificados.”

Ojos y carne se necesitan para hacer experiencia profunda de Dios. Ojos que aprendan a esperar pacientemente a que la realidad transparente su última verdad y carne para asumir en la propia piel las marcas de la realidad crucificada. Ojos que cerrándose toquen el cielo apoyados en la tierra y abriéndose descubran en la carne del ultrajado a un “hijo de Dios”.

Hay muchos místicos “anónimos”; se pasean en la esperanza, la pasión y la poesía de nuestro universo transido de Dios. Dejemos que la misma poesía, lenguaje predilecto de la mística, nos lo recuerde hoy.

“Yo me callo, yo espero,/ hasta que mi pasión,/ y mi poesía y mi esperanza / sean como la que anda por la calle,/ hasta que pueda ver con los ojos cerrados/ el dolor que ya veo con los ojos abiertos.” (Antonio Gamoneda)

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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