ENECEl Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) constituye un hecho significativo para la Iglesia cubana, pero desconocido para muchos. En las décadas del 60, 70 y 80 del siglo XX, ser católico podía costar un “paseo forzoso” a las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), postergar indefinidamente los sueños de estudiar alguna carrera de humanidades o alcanzar un puesto directivo importante. En medio de un ambiente oficialmente ateo, la Iglesia puso en las manos de los laicos su quehacer, y ellos respondieron con valor; porque a pesar de ser minoría, poseían un compromiso encomiable con Dios.

Meses antes de que escribiera este texto, un jesuita que había estado cerca de Monseñor Azcárate en sus últimos días en Santo Domingo, me comentó: “Pernús, con su edad se le iban borrando los recuerdos, pero cuando alguien le mencionaba algo relacionado con el ENEC, su rostro se iluminaba de forma impresionante”. La verdad es que no se podía esperar menos del padre espiritual del mayor proceso reflexivo que ha vivido el catolicismo durante su historia en Cuba.

Estoy seguro de que el año 1986 será inolvidable para esos hombres y mujeres que supieron soñar en medio de la oscuridad con una “Iglesia sin fronteras y solidaria en el amor.” Mientras conversaba con el padre Tony, responsable de la subcomisión de Historia, me decía - con un sentimiento imposible de teclear - que cuando se hiciera un bosquejo de este encuentro, no se podía dejar de mencionar al P. Bruno Roccaro, SDB, gestor incalificable de la Reflexión Eclesial Cubana.

Desde los ámbitos oficiales se esperaba un encuentro en que la iglesia depondría reservas y asumiría compromisos con el sistema. Sin embargo, la realidad superó cualquier expectativa y, al final, se evidenció que la iglesia católica trillaría su propio camino.

Luego de presentar mi tesis de maestría en la Universidad de La Habana sobre el ENEC, un sacerdote me preguntó: “Pernús, ¿cuáles crees que puedan ser las claves para leer las enseñanzas del Encuentro Nacional Eclesial Cubano hoy?” Pensé que cuando uno da un criterio sobre estas cosas nunca queda bien, pero a veces hay que lanzarse al agua y allá voy.

Para mí, algo fundamental es que el modo de proceder fue procesual, una enseñanza que debemos recuperar en medio de tanto eventualismo cotidiano. Otro punto interesante fue la colaboración entre laicos, sacerdotes y religiosos. Eran tan pocos los miembros del cuerpo eclesial comprometido, que de no unirse, no hubieran logrado mucho. Aunque había mentes brillantes, no prevaleció el personalismo que tanto nos afecta. Otros aspectos claves fueron el trabajo en red y la libertad de pensamiento; es decir, hubo una tangible horizontalidad en las zonas pastorales. Todas las reflexiones tenían valor, por lo que se recogía por igual la opinión de un sacerdote o la del laico más humilde. Estas acciones fueron luces que nos alumbraron mucho y que hoy nos pueden hacer reflexionar  y preguntarnos: ¿será posible un nuevo ENEC?

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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