escuchandoWebLa vida moderna discurre entre un sinfín de ofertas comunicativas: el televisor, la radio, la prensa, la música, los libros, los videos, el internet, los celulares, las computadoras, los ipods y ipads, etc. Hay una enorme cantidad de experiencias que invaden de ruido nuestra cotidianidad.

En medio de ese frenesí de experiencias, quizás la invitación más importante que uno se puede hacer es detenerse un momento y frenar ese aluvión de ofertas a fin de poder reasumir el control sobre uno mismo que, de cierta manera, se va perdiendo.

Pero el hacer silencio no solamente implica una acción exterior (estar callado, no decir o no escuchar nada), sino, y sobre todo, un proceso interno: callar los pensamientos, los temores y las emociones.

Se trata, pues, de una invitación a reconocerse como el sujeto que habita un tiempo y un espacio, cuyo cuerpo requiere ser reconocido y valorado. El cuerpo no miente. Él refleja lo que ocurre en uno: el cansancio, el desgaste, los hábitos dañinos, el peso de la vida, el stress, muchos tipos de enfermedades que son resultado de un determinado estilo de vida. En ese sentido, aprender a callar y volver a escuchar al cuerpo es devolverle valiosos segundos de fuerza y vitalidad.

Pero sí, aprender a callar la mente no es tarea fácil. Detener por unos instantes los juicios que sobre sí se construyen, frenar las ensoñaciones, los análisis, las ocupaciones y sencillamente estar ahí, ya sin afanes, ya sin intereses, sino solo estar ahí; es un planteamiento contrario a lo que la vida moderna promociona y práctica. Así como el arte barroco, la vida moderna sufre del "horror vacui": le horroriza el vacío.

Sin embargo, para que uno crezca como ser humano, es necesario que cultive el ejercicio del silencio, del escucharse, del saberse, fomentar el autocontrol, la disminución del ego y construir más y mejores prácticas de regocijo y respeto. Sin el ejercicio de esas actitudes y disposiciones, es imposible vivir esa dimensión fundamental de nuestra condición humana que es comunicarse. Si en mi vida no hay "espacios vacíos", que puedan acoger al otro, ¿cómo podré entrar en intercambio, comunicación y comunión con él? Así como no hay música sin intervalos de silencio, tampoco puede uno ejercitarse y crecer en el arte del diálogo si no es capaz de crear, en su discurso, momentos de silencio, pausa para acoger la palabra del hermano.

Silenciar, escuchar y hablar asertivamente, ciertamente son ejercicios que contribuyen en el proceso de encuentro y diálogo con los cuales se puede dar inicio a una serie de prácticas sociales y culturales de mayor humanización.

Ora con la Palabra

 

Domingo 1 de marzo: I de Cuaresma

 

Mt 4,1-11

“...Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás”.

Lunes:  Lv 19,1-2.11-18 / Sal 19 (18) / Mt 25,31-46

“Todas las naciones serán llevadas a su presencia...”.

Martes:  Is 55,10-11 / Sal 34 (33) / Mt 6,7-15

“...su Padre ya sabe lo que necesitan”.

Miércoles:  Jon 3,1-10 / Sal 51 (50) / Lc 11,29-32

“...será una señal para esta generación”.

Jueves:  Est 14,1.3-5.12-14 / Sal 138 (137) / Mt 7,7-12

“Pidan y se les dará...”.

Viernes:  Ez 18,21-28 / Sal 130 (129) / Mt 5,20-26

“...no saldrás de allí hasta que hayas pagado...”.

Sábado: Dt 26,16-19 / Sal 119 (118) / Mt 5,43-48

“...Él hace brillar su sol sobre malos y buenos...”.

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