ComunicaciónEfectivaWebLo primero es reconocer que muchas formas de dialogar solo son construcciones informativas. Uno dice qué hizo, por qué lo hizo y qué resultado obtuvo, pero sin entrar en la comprensión de cómo la persona se vio involucrada en lo que hizo. Pero en el diálogo también suele haber emociones. Las emociones son parte del repertorio humano y no se pueden clasificar como buenas o malas. Uno simplemente las siente; existen para ser expresadas, y se expresan para ser acogidas. Hay, por ejemplo, situaciones que generan rabia. Nadie se propone sentirla, pero la reacción ante ese sentimiento sí que puede ser distinta y es ahí que entra lo de "buena" o "mala". Uno puede actuar en forma agresiva, pateando la puerta o expresar la rabia adecuadamente. El resultado, sin duda, será diferente. Si uno no logra compartir lo que siente, se queda con una fuerte carga afectiva que, a la larga, se expresará inadecuadamente.

Otra clave del plano afectivo de la comunicación es la necesidad de voluntad para hacerlo. Comunicar las emociones no nos sale espontánea o fácilmente si no hemos tenido un modelo. Para llegar a la comunicación afectiva, hay que aprender a sortear una serie de dificultades.

La primera es la falta de tiempo. La vida agitada impide comunicar las emociones. Destinamos tiempo para lo práctico -tomar decisiones, realizar actividades-, pero poco para escuchar cómo se sienten las personas.

La segunda dificultad son las diferencias de género, grupo social y formas de socialización. En muchos contextos, por ejemplo, se restringe a los hombres la expresión de sus emociones; se les pide comportarse "como hombres" y evitar narrar sus sentimientos.

Una tercera dificultad es generacional: padres e hijos pertenecen a épocas diferentes. Sus formas de hablar, la importancia que dan a unos temas frente a otros pueden generar conflictos. Por eso hay que construir en familia un ambiente de respeto en que los jóvenes comprendan que los adultos vivían de manera diferente cuando tuvieron menor edad y que los adultos comprendan que los jóvenes ahora tienen formas de hablar y relacionarse diferentes a las suyas.

Por fin, las experiencias pasadas marcan las formas de relacionarse. Si las relaciones entre padres e hijos estuvieron marcadas por el autoritarismo, el grito y la falta de respeto, eso se convierte en obstáculos para la comunicación afectiva.

No hay recetas mágicas para la comunicación afectiva, ya que cada persona y familia es diferente, pero hay herramientas que la facilitan: saber expresarse, saber escuchar (la más importante de todas) y saber responder. Ahí no hay ganadores o perdedores, sino que se facilitan y promueven vínculos y se invita a transformar las costumbres construidas en las relaciones de familia para generar nuevas formas de sentirnos apoyados. Normalmente es más sencillo cuando ambas partes involucradas tienen la voluntad de hacerlo, pero con que una la tenga, ya se genera un cambio.

Ora con la Palabra

 
  Domingo 20 de septiembre: XXV del Tiempo Ordinario

Mt 20,1-16

“...los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos”.

Lunes:  Ef 4,1-7.11-13 / Sal 19 (18) / Mt 9,9-13

“...Me gusta la misericordia más que las ofrendas”.

Martes:   Pro 21,1-6.10-13 / Sal 119 (118) / Lc 8,19-21

“...son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

Miércoles:  Pro 30,5-9 / Sal 119 (118) / Lc 9,1-6

“...los envió a anunciar el Reino de Dios...”.

Jueves:  Ec 1,2-11 / Sal 90 (89) / Lc 9,7-9

“Y tenía ganas de verlo”.

Viernes:   Ec 3,1-11 / Sal 144 (143) / Lc 9,18-22

“...El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho...”.

Sábado:  Ec 11,9 al 12,8 / Sal 90 (89) / Lc 9,43-45

“...El Hijo del Hombre va a ser entregado…”.

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