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La imagen con que el papa Francisco expresa la dinámica evangelizadora que ha de animar a la Iglesia en el mundo contemporáneo recuerda tanto el “templo itinerante” de los israelitas en tiempos de Moisés como a “Cristo incógnito”, caminando hacia la epifanía de Emaús. Es la imagen de una Iglesia misionera, “hospital de campaña” entre los heridos de la historia. La oposición recurrente a esta propuesta pastoral parte de un cristianismo anestesiado, que prefiere “hacer tablas” con el mundo para no mirar su dolor indecible, o de un fatalismo que, en medio de tanta injusticia naturalizada, se desvive en la agotadora violencia de un mundo cerrado.

La pretensión de situarse fuera de la realidad histórica, como custodios de una fe inaccesible a los contemporáneos, no solo relega el mandato evangélico del amor al prójimo, sino que intenta poner límites a la infinita misericordia de Dios. Esta actitud defensiva, cualquiera sea la razón que la haya motivado, termina por confirmar los esquemas mentales de quienes buscan encasillar a la Iglesia en el pasado o en una minoría autorreferencial. Si el Evangelio es para todos, aquí y ahora, ¿cómo podría vivirse en libertad sin transformarse a su vez en testimonio? ¿No sería esto un inadmisible cisma farisaico entre discipulado cristiano y misión evangelizadora?

La apertura a la gracia y la misericordia no son “accidentes” en la experiencia cristiana. Benedicto XVI nos comunicaba, en su encíclica Deus caritas est, que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. El pontificado del papa Francisco, en la línea del Vaticano II, y especialmente de la Constitución pastoral Gaudium et Spes, promueve una cultura del encuentro entre las personas y las culturas desde la fidelidad al acontecimiento decisivo. Atento a los signos de los tiempos y con especial celo caritativo hacia los “descartados” del mundo, el sucesor de Pedro nos ayuda a prevenir que nuestra identidad se diluya, como tantas buenas intenciones, en la marea de la fragmentación sociopolítica.

La historia personal y comunitaria es un camino de sucesivas dificultades, y el más profundo realismo de la fe nos invita a ser los primeros en dejarnos sanar por la misericordia de Cristo. Así, en Evangelii Gaudium, el papa Francisco nos dice: “La paz es posible porque el Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente ‘haciendo la paz mediante la sangre de su cruz’ (Col 1,20). Pero si vamos al fondo de estos textos bíblicos, tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito donde estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es la propia interioridad, la propia vida siempre amenazada por la dispersión dialéctica. Con corazones rotos en miles de fragmentos será difícil construir una auténtica paz social”. Estas palabras, en las antípodas del intimismo ahistórico, nos convocan a ser fermento de verdadera paz en nuestro pueblo.

Ora con la Palabra

 

Domingo 14 de agosto: XX del Tiempo Ordinario

 

Lc 12,49-53

“No he venido a traer paz, sino división”.

Lunes: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
Ap 11,19a;12,1-6a.10ab/ Sal 45(44)/ 1Cor 15, 20-27a

“Primero Cristo como primicia; después todos los que son de Cristo”

Martes:  Ez 28,1-10/ Interleccional Dt 32/ Mt 19, 23-30

“Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja,
que a un rico entrar en el reino de Dios”

Miércoles: Ez 34,1-11/ Sal 23(22)/ Mt 20,1-16

“¿Vas a tener tú envidia porque soy yo bueno?”

Jueves: Ez 36,23-28/ Sal 51(50)/ Mt 22,1-14

“A todos los que encuentren convídenlos a la boda”.

Viernes: Ez 37,1-14/ Sal 107(106)/ Mt 22,34-40

“Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo ”

Sábado: Ez 43,1-7a/ Sal 85(84)/ Mt 23,1-12

“No hacen lo que dicen”

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