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Toda la importancia de San Justino con respecto al rito litúrgico romano de la eucaristía reside en el gran testimonio que nos dejó sobre la forma en que ese rito se celebraba en su tiempo. San Justino nació en Flavia Neápolis, el actual Nablus, en la Palestina de hoy día, de padres paganos. Frecuentó diversas escuelas filosófcas antes de convertirse a la fe cristiana y fue decapitado con otros cristianos en Roma en el año 165 d.C. En los tiempos en que vivió San Justino, es decir, en el siglo ii d.C, los cristianos fueron acusados de ateísmo, de ser un peligro para la estabilidad del Imperio y de tener costumbres abominables. Toda esta propaganda pagana hacía que los cristianos ―considerados como indignos ciudadanos, ignorantes, sin educación y criminales― fueran odiados,  rechazados y perseguidos.

Es en este contexto sociopolítico y religioso que San Justino escribió sus dos apologías para defender el contenido de la fe cristiana y las sanas y nobles costumbres de los cristianos. Su testimonio sobre el rito de la celebración de la eucaristía de su tiempo se encuentra en la primera apología, en los capítulos 61-67. En los caps. 65-66, Justino describe el rito litúrgico de la eucaristía, en la que participaban los recién bautizados. Estos, después del bautismo, eran conducidos a la comunidad “con el fn de elevar fervorosamente oraciones en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado (o sea, bautizado) y por todos los otros esparcidos por todo el mundo (…) Terminadas las oraciones, nos damos mutuamente el ósculo de paz. Luego, al que preside a los hermanos se le ofrece pan y un vaso de agua y vino y tomándolos, él tributa alabanzas y gloria al Padre del universo (…) Cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén. Amén”. En el capítulo 67 encontramos la descripción del rito de la eucaristía dominical: “El día que se llama del sol (o sea, el domingo) se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los
Recuerdos de los Apóstoles (los evangelios) o los escritos de los profetas. Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces, y, estas terminadas, como ya dijimos, se ofrecen pan y vino y agua, y el presidente, según sus fuerzas, hace igualmente subir a Dios sus preces y acciones de gracias, y todo el pueblo exclama diciendo: Amén”.

El testimonio de San Justino revela que en aquellos años no había una plegaria eucarística preestablecida. Era el presidente de la Eucaristía, el celebrante, quien la hacía. Está claro que incluía las palabras de Cristo. El Señor dejó a la Iglesia ocuparse del rito litúrgico de la eucaristía, con todo poder de adaptarlo según las exigencias del momento.

 

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de junio: XIII del Tiempo Ordinario

 

Lc 9,51-62

“Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (...) Te seguiré adonde vayas”.

Lunes:   Am 2,6-10.13-16 / Sal 50 (49) / Mt 8,18-22

“Sígueme”

Martes:  Am 3,1-8; 4,11-12 / Sal 5 / Mt 8,23-27

“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”

Miércoles: Hch 12,1-11 / Sal 34 (33) / 2Ti 4,6-8.17-18 / Mt 16,13-19

“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos”.

Jueves:   Am 7,10-17 / Sal 19 (18) / Mt 9,1-8

“...la gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad ”

Viernes:  Am 8,4-6.9-12 / Sal 119 (118) / Mt 9,9-13

“No tienen necesidad de médico los sanos... ”

Sábado:  Am 9,11-15 / Sal 85 (84) / Mt 9,14-17

“¿Es que pueden estar tristes los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

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