Martirio-de-San-Juan-Bautista

Vivir en las cavernas fue solo un comienzo para la humanidad, y un comienzo relativamente breve, pues  desde el inicio el ser humano sintió la fuerza irresistible, innata, creada por Dios, del “más”: ser más, tener  más, lograr más.

Pero esa fuerza necesita cauces, para que no se vuelva contra el que la posee. Como el agua benéfica de un  río necesita márgenes para no desbordarse y arrasar, como el fuego imprescindible necesita ser contenido  para no volverse un infierno desolador, así el deseo humano del “más” necesita unos criterios que lo guíen. Y  esos criterios son dos. El primero, la referencia a Dios, la mirada continua a la voluntad del Creador. El  segundo, el bien común. Según se tengan en cuenta o no estos criterios, nos convertiremos en profetas o en  demagogos.

Profeta es el hombre o mujer de Dios y de los demás. Es aquel que, desde la experiencia del trato con Dios elige buscar, proteger y defender el bien común; por eso,  desde la fidelidad a su conciencia, promueve la verdad, la bondad y la justicia, así como también asume los precios que esa elección pueda traer. Anuncia lo bueno,  denuncia lo malo y renuncia a hacer de su vida el centro referencial.

Es también aquel que tiene la suficiente grandeza de alma para convertirse en ofrenda, de modo tal que Dios toque, a través de él, la vida de la gente.

No se mira a sí mismo, no se busca, no se pone en el centro. Precisamente por eso puede ser profeta, voz de Dios en medio de su pueblo.


Diferente es el demagogo, que parece profeta, pero no lo es. Igualmente alza su voz, anuncia y denuncia, pero a conveniencia propia. También habla de la bondad, de la verdad, de la justicia, pero ni en nombre de Dios, ni por el bien común. Se gana el favor del pueblo tocando sus esperanzas, emociones y pasiones, y también sus  miedos y prejuicios. La palabra “demagogo” en su raíz griega significa ‛conductor del pueblo’, pero realmente lo conduce no hacia el bien de todos, sino hacia su  propio bien. Halaga a los que lo escuchan para conseguir el poder o mantenerse en él. De ahí que, a pesar de sus elaborados y muchas veces creíbles discursos, solo  provoca destrucción, resentimiento, odio y violencia, que a su vez usa para seguir escalando el poder que le permite la vida que el pueblo -al que dice servirno puede  ni siquiera soñar. Es que el demagogo, como el juez inicuo del Evangelio, ni teme a Dios ni le importan los hombres.

El que escucha necesita discernir, para saber qué voz va a escuchar su corazón. Un profeta no escuchado es una voz que grita en el desierto, pero un demagogo no  escuchado es un payaso en un circo desolado. Nosotros, que escuchamos, que miramos, que pensamos, tenemos el poder de poblar el desierto o aplaudir frenéticamente al que seduce pero envenena.

Ora con la Palabra

 

Domingo 12 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Mc 8,27-35

“...El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”

Lunes:  1 Tm 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“Al oír estas palabras, Jesús quedo admirado…”

Martes: Exaltación de la Santa Cruz
 
Nm 21,4b-9 o Fil 2,6-11 / Sal 78 (77) / Jn 3,13-17

“¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único…”

Miércoles:   1 Tm 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”

Jueves:   1 Tm 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”

Viernes:   1 Tm 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-3

“...iba recorriendo ciudades y aldeas predicando…”

Sábado:   1 Tm 6,13-16 / Sal 100 (99) / Lc 8,4-15

“...la guardan y, perseverando, dan fruto”

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