La-Eucaristía

Preguntar si la misa es fuente y cumbre de toda vida cristiana es todavía válido, sobre todo, en el contexto de América Latina y el Caribe, el continente cristiano por excelencia, pero, paradójicamente, marcado por la desigualdad. Para ello, es importante profundizar en las diferentes acepciones que envuelven este misterio cristiano.

La celebración religiosa por excelencia del cristianismo recibió el nombre de misa por la palabra latina missio o dimissio, utilizada para indicar el final de la asamblea eucarística, “Ite, missa est”, que equivale a decir “Se levanta la sesión”. La misa ha tenido un desarrollo histórico valioso; además, es la palabra más representativa del cristianismo occidental. Sin embargo, hay que caminar hacia un sentido más profundo que logre expresar el significado primordial.

Comer es un acto biológico donde se ingieren las calorías necesarias para sobrevivir. El hambre revela la igualdad entre todos los seres humanos y su necesidad de alimentarse para seguir adelante en la vida. Esta necesidad pone en evidencia la indigencia radical del ser humano, su completa desnudez existencial. El comer también es una acción cargada de sentido, un espacio social donde se toma el alimento con el otro, el momento en que se ha de reconocer al más necesitado; a su vez, la comida se comparte por el deseo de festejar la vida, y así adquiere otro significado: compartir la mesa para reconocer la hermandad universal.

Cuando Jesús compartió con sus discípulos su Última Cena, re-significó la comida como un momento de hermandad, incorporando a ella una acción humanizadora. En toda celebración eucarística ha de estar presente el recuerdo actualizado de las palabras de Jesús, “Tomen y coman todos de él”, que traen al momento actual un sentido de fraternidad en el acto cotidiano de comer y beber. La comida es el lugar donde se teje la pertenencia a una comunidad.

La comensalidad es un espacio donde se comparte el alimento que es fruto del trabajo de hombres y mujeres por igual. Justo este espacio es el que resignificó Jesús para que fuera expresión del amor de Dios Padre hacia toda la humanidad. Ahí, donde se parte el pan y se reparte el vino con generosidad, se encarna el amor de Dios. El pan que los pobres no tienen nos ha de convocar para que en la comensalidad Dios se haga presente de manera cotidiana y sencilla.

En conclusión, las realidades de desigualdad de América Latina y el Caribe, nos demandan a los cristianos una actitud eucarística ante la vida. Quien en verdad vive el sacramento de la Eucaristía sabe que comulgar es más que un rito; busca que la acción de Jesús sea su propia acción: hacerse realmente presente en el pan para que otros puedan comer. El cristiano está llamado a ser alimento, así como lo hizo Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, para compartir la propia vida como alimento para otros, para reducir la desigualdad de nuestro mundo.

Ora con la Palabra

 

Domingo 24 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mc 10,46-52

“...tu fe te ha salvado”.

Lunes:  Rm 8,12-17 / Sal 68 (67) / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba...”.

Martes:   Rm 8,18-25 / Sal 126 (125) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza...”.

Miércoles:   Rm 8,26-30 / Sal 13 (12) / Lc 13,22-30

“...muchos tratarán de entrar y no lo lograrán”.

Jueves:   Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió a doce de ellos...”.

Viernes:   Rm 9,1-5 / Sal 147 (146-147) / Lc 14,1-6

“...se acercó al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:   Rm 11,1-2a.11-12.25-29 / Sal 94 (93) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será ensalzado”.

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