P.-Jorge-Cela-SJ

 Sería difícil saber si el P. Jorge Cela, SJ, pudo escribir algo sobre este tema, que le pedimos redactar. Pero sí conocimos su fe inquebrantable en la resurrección y su amor incondicional por la Iglesia, como hombre de Dios y constructor de vida humana y eclesial.

La resurrección que celebramos no se demuestra materialmente, pero desde la fe, captamos y podemos  ofrecer signos tangibles de ese hecho que nos la sostiene. La señal por antonomasia de que Cristo resucitó es el nacimiento de la comunidad cristiana y su prolongación histórica. Solo la resurrección –y no la imaginación, ni la alienación, ni la capacidad de crear mitos- justifica que haya comunidades de seguidores y discípulas de Jesús tras 20 siglos de epidemias, desastres, enfrentamientos y guerras. Cada comunidad cristiana viva -fraternal, alegre, servicial, unida y misionera- es un vivo ejemplo de una fe que trasciende la muerte.

El P. Cela hablaba de la búsqueda de la “ramita verde”, la esperanza que surge en el desierto de la cotidianidad. Para él, un signo creíble de vivencia espiritual debía partir del encuentro personal con el Amor radical de Jesús. Esto se evidencia en pequeñas comunidades de fe, donde ministros, consagrados y laicos enfrentan juntos los desafíos de la vida y responden.

El Concilio Vaticano II refrescó la visión de la Iglesia llamándola “Pueblo de Dios”, pueblo de bautizados y bautizadas. Esto produjo un cambio trascendental en la imagen del laico, al afirmar que todos compartimos una misma condición y vocación por el bautismo. Sobre ese fundamento se levantan los carismas y las vocaciones y se abren los caminos de una vida en sinodalidad peregrinando juntos por la historia como testigos del Resucitado.

El 2020 quedó marcado por la pandemia. Las comunidades eclesiales pasaron por situaciones de templos cerrados y encuentros virtuales que, al abrirse, se encontraron con una merma considerable de sus miembros. Resucitar como Iglesia no debe ser “reunirnos como antes”. Ahora resucitaremos con Jesús buscando juntos cómo “salir” desde nuestros ambientes habituales –misas, actividades y reuniones pastorales- para generar nuevos espacios de encuentro en que compartamos la alegría de Jesús vivo con el prójimo de la calle y ambientes extra eclesiales. El Papa Francisco lo repite: necesitamos convertirnos en una Iglesia-en-salida, que acoge los heridos por el pecado y les devuelve la esperanza.

La primera lectura de estos domingos se tomará de los Hechos de los Apóstoles –crónica del nacimiento y crecimiento de la primera comunidad cristiana. Aprendamos de ella el paradigma de una Iglesia que sale a entregar la vida para implantar en su entorno lo que Jesús le enseñó a vivir. Una Iglesia que resucita no cierra los ojos ante las injusticias ni ante los aplausos que piden libertad. Alguna vez se escribió que la Iglesia cubana había optado por los excluidos; quizás se pueda voltear la frase y pensar que quienes quieren optar por una Iglesia creíble son los mismos excluidos. Resucitar hoy pasa también por subirles el volumen y llenarles de amor sus miedos.

Ora con la Palabra

 

Domingo 18 de abril: III de Pascua

 

Lc 24,35-48

“...debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón...”.

Lunes:   Hch 6,8-15 / Sal 119 (118) / Jn 6,22-29

“...Él ha sido marcado con el sello del Padre”.

Martes:   Hch 7,51al 8,1 / Sal 31 (30) / Jn 6,30-35

“...Yo soy el pan de vida”.

Miércoles:  Hch 8,1-8 / Sal 66 (65) / Jn 6,35-40

“...yo lo resucitaré en el ultimo día”.

Jueves:   Hch 8,26-40 / Sal 66 (65) / Jn 6,44-51

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

Viernes:   Hch 9,1-20 / Sal 117 (116) / Jn 6,52-59

“El que coma este pan vivirá para siempre”.

Sábado:  Hch 9,31-42 / Sal 116 (115) / Jn 6,60-69

“...nadie puede venir a mí si no lo concede el Padre”.

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