El-dinaro-es-bueno-o-no

 

La propiedad privada representa un desafío para la moral cristiana. Esto podría resumirse en la pregunta: las riquezas, ¿son buenas o no?

En el centro del problema está Jesús mismo. Su mensaje es dirigido a los pobres (cf. Lc 4,18; 6,20; 7,22) y la riqueza aparece como impedimento para entrar en el Reino de Dios (cf. Lc 12,13-21). Conocida es la historia del joven cuyas riquezas le impiden seguir a Jesús (Mt 19,16-30). Por ello Jesús expresa su más célebre frase contra la riqueza: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico llegue al Reino de Dios” (Mt 19,24). Pero Jesús era apoyado por mujeres con recursos económicos (cf. Lc 8,1-3) e incluso consigue convertir a Zaqueo, un publicano o recolector de impuestos que se había enriquecido injustamente (Lc 19,1-10).

La propiedad pertenece a la creación de Dios y por ello es un bien. Sin embargo, todo bien, cuando se persigue sin reconocer que viene de Dios, puede impedir la amistad con Él. Mientras más se tiene, más difícil es reconocer que necesitamos de Dios. La propiedad forma parte de las condiciones necesarias para la supervivencia y realización del ser humano. Pero, en exceso, puede conducir a la injusticia. Toda la Biblia es una crítica a los ricos que explotan a los pobres; aunque también se reconoce que los bienes, sobre todo los que se adquieren a partir del trabajo, son bendiciones de Dios. Un ejemplo es San Pablo, que trabajaba como tejedor de carpas (Hech 18,3) para mantenerse, al mismo tiempo que predicaba el Evangelio.

Según los Hechos de los Apóstoles, los primeros cristianos que vivían en Jerusalén ponían todo en común (Hech 4,32-37). Este relato no es una simple crítica a la propiedad, sino un ideal en que se presenta la solidaridad de la primera comunidad. Esta solidaridad no era forzada (cf. Hech 5,4), pero quería testimoniar que en la comunidad cristiana se acaban las diferencias entre ricos y pobres.

La Iglesia intenta mantener en su doctrina social esta tensión. Por un lado, la riqueza no debe buscarse por ella misma, sino considerarla como un bien de Dios que debe compartirse con los hermanos. Al mismo tiempo, se defiende la necesidad de la propiedad privada para la realización de la persona, especialmente, la que se adquiere a través del trabajo. Saber si la propiedad es moralmente buena o no, es saber en qué medida se adquiere por medios justos y contribuye a la realización de la persona y de la sociedad. La Iglesia, pues, considera la justicia personal y social como inseparables y las leyes de una nación deben garantizar el equilibrio de ambas dimensiones. Un sistema que solo apoya la riqueza individual genera injusticia social. Un sistema que pretende solo preocuparse por la justicia social niega o mutila al ciudadano derechos que le corresponden como ser humano. Únicamente el equilibrio entre ambas dimensiones permite que la persona y las sociedades se desarrollen y crezcan tanto económica como moralmente.

Ora con la Palabra

 

Domingo 25 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mt 22,34-40

“...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma…”.

Lunes:  Ef 4,32 al 5,8 / Sal 1 / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”.

Martes:   Ef 5,21-33 / 128 (127) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza…”.

Miércoles:  Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió de entre ellos a doce…”.

Jueves:  Ef 6,10-20 / Sal 144 (143) / Lc 13,31-35

“...al tercer día mi obra quedará consumada”.

Viernes:   Fil 1,1-11 / Sal 111 (110) / Lc 14,1-6

“...tocando al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:  Fil 1,18-26 / Sal 42 (41) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será enaltecido”.

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