Cardenal-llamado-JuanCada vez que al sacerdote Juan de la Caridad García Rodríguez lo han nombrado para un cargo jerárquico, sus amigos, familiares y laicos de sus comunidades le han comentado: “De seguro, las responsabilidades y los títulos te harán cambiar.” A lo que ese hombre, al que siempre llamarán Juan, les ha respondido con su peculiar voz: “el tiempo les dará esa respuesta.”

Pasados unos años, esas personas cercanas han pasado por el arzobispado de Camagüey o el de La Habana y le han comentado: “es increíble cómo, a pesar de tus nuevos compromisos, sigues siendo el mismo sacerdote de pueblo, que siempre halla tiempo para acercarse a quien lo necesita”. Es de suponer que cuando lo nombraron cardenal, la misma pregunta rondaría la mente de sus allegados, y él, con su sonrisa característica, les recordaría: “el tiempo tendrá la última palabra.”

Nuestro nuevo cardenal sabe a la perfección dónde están las venas abiertas de este “chispazo de arena y mar” que ama con pasión. Si
busca dentro de su mente, podrá fotografar hechos tristes que lo pueden  incitar a un discurso rencoroso sobre heridas reales del pasado; sin embargo, su modo de proceder ha sido asumir su acción pastoral con amor y esperanza. Siempre tiene un mensaje de aliento a sus oyentes, y la vida le ha enseñado que, sin olvidar nuestra sufrida historia eclesial, se puede apostar por el diálogo, clave nuclear del ENEC, y perdonar de corazón.

Ahora les quiero compartir un secreto: yo sé del único lugar donde a S.E.R Juan de la Caridad Card. García Rodríguez no le molesta que lo vean como
su  príncipe. Me refero a una Isla de Oro, en que sus habitantes son unas mujeres inmensamente trabajadoras y cordiales y unos niños descartados por una sociedad que los ve como seres rotos o desechables. Allí es de manera eximia el pastor de su pueblo y, sin duda, la escoba ha sido su báculo en más de una ocasión. Da la impresión de que ese voluntario abajamiento al más pequeño sea la flosofía que mejor le gusta enseñar a nuestro nuevo cardenal, llamado de forma tan sencilla como su persona, Juan.

Ora con la Palabra

 

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

 

Jn 20,1-9

“...iÉl ‘debía’ resucitar de entre los muertos!”.

Lunes:  Hch 2,14.22-33 / Sal 16 (15) / Mt 28,8-15

“...No tengan miedo”.

Martes:  Hch 2,36-41 / Sal 33 (32) / Jn 20,11-18

“...He visto al Señor y me ha dicho esto”.

Miércoles:  Hch 3,1-10 / Sal 105 (104) / Lc 24,13-35

“...Es verdad: el Señor ha resucitado...”.

Jueves:  Hch 3,11-26 / Sal 8 / Lc 24,35-48

“Miren mis manos y mis pies: soy yo”.

Viernes:  Hch 4,1-12 / Sal 118 (117) / Jn 21,1-14

“Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió”.

Sábado:  Hch 4,13-21 / Sal 118 (117) / Mc 16,9-15

“...anuncien la Buena Nueva a toda la creación”.

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