Charles-Darwin--colorEl 1ro de julio de 1858 fueron leídos, para el avance de la ciencia natural, tres manuscritos en la Real Sociedad de Londres que postulaban la selección natural como un mecanismo que permite la adaptación de los organismos a su medio y eventualmente puede llegar a originar nuevas especies. Dos de ellos llevaban la firma de Charles Darwin, el otro era de la autoría de Alfred Russell Wallace. Un año después, Darwin publicaba la primera edición de “El origen de las especies”. Con su teoría completaba la revolución intelectual iniciada por Copérnico. El mundo vivo también estaba regulado por leyes naturales y la diversidad y origen de los seres vivos quedaban entonces dentro del marco explicativo de las ciencias naturales.

La ocurrencia de la evolución biológica ha sido comprobada hasta la saciedad y de forma independiente  desde varias ramas de la biología, al punto de que hoy se acepta como un hecho con el mismo nivel de confabilidad que la estructura atómica (y subatómica) de la materia. Asimismo, el genetista ruso  heodosiu
s Dobzhansky afrmaría: “Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”.

A pesar del fuerte respaldo científco, la teoría de Darwin ha suscitado (y suscita) numerosos debates, fundamentalmente en ambientes religiosos.

La Iglesia católica mostró cierta cautela al pronunciarse sobre la evolución. Por ejemplo, en los primeros 50 años tras la publicación del
Origen solo se conocen tres intervenciones de la ex-Congregación del Índice y no se reporta ninguna intervención ni condena del antiguo Santo Ofcio, hoy día Congregación para la Doctrina de la Fe.

Lo cierto es que la noción de una naturaleza cambiante no es extraña al cristianismo. Motivados por razones puramente teológicas, autores de la talla de San Gregorio de Niza y San Agustín consideraban que no todos los animales y plantas habían sido creados inicialmente por Dios, sino que estos podían desarrollar sus potencialidades con el transcurso del tiempo. Esta idea de una naturaleza cambiante se mantuvo durante la Edad Media y era considerada como una posibilidad por algunos teólogos como San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino.

Los Papas del siglo XX han destacado repetidamente la inexistencia de contradicciones entre una visión bíblica y de fe y nuestros conocimientos científicos,  incluyendo la teoría de la evolución, pero al mismo tiempo alertan sobre el riesgo de dejarse arrastrar por propuestas cientifcistas que excluyen totalmente la  acción de Dios en el mundo y que reducen al ser humano a solamente un conjunto de genes o de procesos bioquímicos. Son siempre iluminadoras las palabras de San Juan Pablo II que, en una catequesis del 16 de abril de 1986, afrmaba: “Por tanto, se puede decir que, desde el punto de vista de la doctrina de la fe, no se ve difcultad en explicar el origen del hombre, en cuanto al cuerpo, mediante la hipótesis del evolucionismo (….) La doctrina de la fe, en cambio, afirma  invariablemente que el alma espiritual del hombre ha sido creada directamente por Dios”.

Ora con la Palabra

 

Domingo 8 de diciembre: II de Adviento

 

Mt 3,1-12

“...después de mí viene uno con más poder que yo...”.

Lunes: Inmaculada Concepción de la Stma. Virgen María 
Gn 3,9-15.20 / Sal 98 (97) / Ef 1,3-6.11-12 / Lc 1,26-38

“...Alégrate, llena de gracia...”.

Martes:  Is 40,1-11 / Sal 96 (95) / Mt 18,12-14

“...no quieren que se pierda ni tan solo uno...”.

Miércoles:  Is 40,25-31 / Sal 103 (102) / Mt 11,28-30

“...mi yugo es suave y mi carga liviana”.

Jueves: Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América 
Eclo o Sir 24,23-31 / Sal 67 (66) / Lc 1,39-45

“...¡Bendita tú eres entre las mujeres...!”.

Viernes:  Is 48,17-19 / Sal 1 / Mt 11,16-19

“...la sabiduría de Dios no se equivoca...”.

Sábado:  Eclo o Sir 48,1-4.9-11 / Sal 80 (79) / Mt 17,10-13

“...harán sufrir al Hijo del Hombre”.

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