La-Ciencia-que-muere-por-DiHace unos años, mientras estudiaba en la universidad, un profesor, doctor en Ciencias Sociales, que sabía de mis creencias, se acercó y me dijo: “Pernús, tú sabes que yo creía en Dios y participaba de una comunidad cristiana, hasta que comencé a ganar en conocimientos.” Durante la conversación me comentó sobre un libro de ficción donde se narraba un diálogo entre Jesús y el diablo en una barca. Este último  representaba la ciencia pura que lograba convencer al Hijo de Dios, con argumentos científicos, de abandonar la fe en su Padre, algo que en la realidad histórica nunca consiguió. Al final de nuestro diálogo le  dije: “Si ese es el precio que debo pagar para llegar a ser un excelente académico como usted, prefiero ser toda mi vida un humilde comunicador, obsesionado por encontrar trozos de la verdad.” Aunque a veces no  se difunda mucho, varios de los grandes científicos cubanos murieron creyendo en Dios. En este artículo repasaremos algunos de esos ejemplos.

Tomás Romay, considerado el primer higienista cubano, era un hombre de un catolicismo probado. Uno de sus mayores logros fue la introducción de la primera campaña de vacunación en Cuba, tarea que le hubiera sido imposible de alcanzar sin la ayuda de su amigo, el obispo Juan José Díaz de Espada. El prelado llegó a promover un edicto para solo bautizar en las iglesias a esos infantes que certificaran haber recibido la vacuna propuesta por Romay. Sobre esta sólida amistad se puede escribir un libro. Además, quisiera agregar que, más tarde, Mons. Espada fue salvado de ser juzgado por el Patronato Regio, gracias a un certificado que le impedía viajar, hecho por un médico habanero “conocido” suyo, de apellido Romay. ¿Qué casualidad, verdad?

Otra figura ilustrísima que merece un artículo completo es el eminente sacerdote Justo Vélez, considerado uno de los padres de la ciencia jurídica en Cuba. Este repaso sobre ilustres hombres de ciencia y católicos cubanos, estaría incompleto sin la figura de Francisco de Albear, un genio cubano de la ingeniería y de la fe. Albear nació en el seno de una familia católica y fue bautizado por el presbítero José Cristóbal Soler. En 1854 le fue conferida la responsabilidad de convertirse en inspector de obras públicas y desde allí construyó uno de sus mayores logros, el documento Memoria sobre el Proyecto de conducción a La Habana de aguas de los manantiales de Vento. En octubre de 1856 se aprobó en  España el proyecto en toda su extensión. Desde ese entonces, Albear es considerado el artífice del sistema de acueductos de la Habana. En 1867 es electo miembro de número de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Él escribió: “es uno sólo, el amor a la ciencia, el amor a la humanidad y el amor a Dios.” Me parece injusto terminar estas líneas sin rendir un breve homenaje a los jesuitas y carmelitas que se ofrecieron como voluntarios para probar la vacuna de la fiebre amarilla. En algunos de ellos el desenlace fue fatal y con sus vidas nos donaron una ciencia que muere por Dios.

Ora con la Palabra

 

Domingo 15 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Lc 15,1-32

“...estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”

Lunes: 1 Tim 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“...ni siquiera en Israel he hallado una fe tan grande”.

Martes:  1 Tim 3,1-13 / Sal 101 (100) / Lc 7,11-17

“...Es un gran profeta el que nos ha llegado”.

Miércoles:  1 Tim 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”.

Jueves:  1 Tim 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Viernes:  1 Tim 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-13

“...ustedes tienen oídos para oír”.

Sábado: Ef 4,1-7.11-13 / Sal 19 (18) / Mt 9,9-13

“...Me gusta la misericordia más que las ofrendas”.

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