TraiciónLos hombres, según la tradición cristiana, somos creados a imagen y semejanza de Dios. Gran parte de las flosofías modernas reconocen el libre albedrío como estado de plenitud de la voluntad individual. Me he detenido en esta introducción para presentar una actuación humana, criticable y presente en el devenir histórico de la humanidad hasta la actualidad: la traición.

En este contexto de Semana Santa, en que compartimos el dolor de Jesús ante su entrega por parte de un discípulo al cual amaba, nos preguntamos cuánto dolor signifcó para el maestro sentir que su seguidor lo abandonara como expresión de debilidad ante el poder. El Señor responde con misericordia ante la traición.

La situación anterior es signo del amor de Dios al hombre. Se preguntarán por qué. Pues es sencillo, Jesús de Nazaret amaba y escogía a sus seguidores, no como hombres del rito y la forma, como lamentablemente hoy viven algunos de nuestros hermanos en la fe la cotidianidad eclesial, sino como seres humanos libres y capaces de vivir en la radicalidad del amor al otro. Así nos llama el Nazareno a todos, a crecer en la libertad de su seguimiento, aunque Judas escogiera la vía funesta de entregarlo al poder imperial.

La traición se convierte en un trastrueque inescrupuloso de los ideales por los cuales el individuo que lo perpetra apostata de una parte esencial de su existencia; como ser humano que vive en un contexto histórico cambiante, en ese momento o ya desde mucho antes y, así, transforma su modo de actuar y sentir al entregar el ideal seguido a sus peores enemigos y detractores.

Pero ante esta actitud, que causa sentimientos de ira y dolor, una problemática surge en la opinión de la sociedad: ¿qué hacer con el traidor? Muchas veces se toma el camino más fácil: su aniquilamiento físico. Aquí la Iglesia nos invita a reflexionar, ¿acaso el traidor no es una persona humana que debe ser respetada? Pues aun con su condición delictiva, sigue siendo hijo de Dios. Para expiar sus culpas  está el sistema carcelario moderno, en el que muchas veces están retenidos inocentes por delitos contra el poder, por pensar distinto o atreverse a ser profeta en medio del dolor del pueblo. Con los tristes fusilamientos que tanto hemos tenido que presenciar, no se  resuelve nada, pues se acrecienta el odio en la sociedad y se marca pautas para futuras traiciones y venganzas.

Quisiera concluir con otra gran traición que la historia recuerda: aquel Idus de marzo del año 44 a.C en Roma, cuando parte del Senado quitó la vida a Julio César; este, ante la muerte, solo tuvo una expresión de dolor: “¡Y tú también, Brutus, hijo mío!”. Porque el emperador, más que el dolor de la conspiración política y su partida, sentía la deslealtad de quien amó y amaba de modo filial, conservando intacto su cariño paternal. Solo el perdón y la entrega por el otro pueden superar la traición.

Ora con la Palabra

 

Domingo 15 de diciembre: III de Adviento

 

Mt 11,2-11

“...¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”.

Lunes: 
Nm 24,2-7.15-17a / Sal 25 (24) / Mt 21,23-27

“...¿de dónde venía: de Dios o de los hombres?”.

Martes:  Gn 49,2.8-10 / Sal 72 (71) / Mt 1,1-17

“Antepasados de Jesús”.

Miércoles:  Jr 23,5-8 / Sal 72 (71) / Mt 1,18-24

“Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo...”

Jueves: Jc 13,2-7.24-25a / Sal 71 (70) / Lc 1,5-25

...¡Qué no ha hecho por mí el Señor!”.

Viernes:  Is 7,10-14 / Sal 24 (23) / Lc 1,26-38

“...hágase en mí tal como has dicho”.

Sábado:  Cant 2,8-14 / Sal 33 (32) / Lc 1,39-45

“¡Dichosa tú por haber creído...”.

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