Educaciòn-IglesiaQue las Iglesias se interesan en la educación no es un secreto. Que en Cuba no pueden participar directamente en la educación de niños y jóvenes es algo sabido. Queda por determinar si esta situación debería prolongarse y de qué manera diversas entidades podrían intervenir activamente en la formación de los individuos. Con estos apuntes no pretendemos dar solución a estas interrogantes, sino abrir algunas pistas para la reflexión.

Si en algo coincidirían los fines de la Iglesia y los de los Estados es en la promoción de la dignidad de las personas. La concepción cristiana de la persona radica en que todo ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios (Gn. 1,26). Entonces todos poseen la misma dignidad y deben tener siempre abierta la posibilidad de la creencia en el Creador. El Estado, sin embargo, debe dedicarse a la preservación y promoción de las personas en un territorio dado. ¿En qué consiste esta promoción? Depende de la ideología en la que este Estado se inspira.

La educación en Cuba desde 1961 se ha inspirado en el “ideario marxista y martiano” (Art. 39a, Constitución de 1976, reforma 1992). La concepción marxista implica una visión antirreligiosa del hombre explicable a partir de prejuicios propios del siglo XIX.  No pocos creyentes sufrieron en las escuelas ataques a la religión, casi siempre cargados de ignorancia en materia de fe. La mayoría de los cubanos practican algún tipo de fe: sean católicos o protestantes, yorubas o musulmanes. Por eso no podemos menos que alegrarnos de que, ya desde la redacción del proyecto de nueva Constitución, no se mencionara al marxismo ligado directamente a la educación, sino que esta se basaría ahora en la “tradición pedagógica progresista cubana y universal” (Art. 95a). Podemos desear que esta tradición progresista impulse la tolerancia, el respeto a otras cosmovisiones y a la libertad del individuo, única manera de que sea respetada la libertad religiosa que el mismo Estado debe garantizar.

Además, si uno de los fines de la educación es y será “desarrollar en los educandos una alta formación de valores éticos, morales, cívicos y patrióticos” (Art. 95b), el Estado tiene el deber de escuchar las instancias donde estos valores son inculcados: en primer lugar, la familia y, después, las instituciones religiosas. Ningún Estado puede pretender el monopolio de los principios éticos por los que vive un pueblo. Al incluir los diferentes creadores de sentido en el diálogo sobre cómo educar a los jóvenes, se podrán encontrar soluciones a la desorientación que estos padecen. Se trata de sumar y no de competir.

Por último, el Estado podría aceptar ayudas externas en materia educacional y así poner los medios para resolver la crisis actual.  Esto no implica abrir escuelas privadas, sino permitir la participación de otros actores, sobre todo en la formación de valores y en la educación cívica. Las Iglesias llevan años trabajando en ese sentido, pero por falta de espacios suelen ser sus esfuerzos limitados e invisibles.

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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