santisima-trinidad-2webTras haber recorrido y celebrado, en lo que va de año, los momentos más significativos de la vida de Jesús – encarnación, nacimiento, bautismo, anuncio del evangelio, pasión, muerte y resurrección –, arribamos, hace una semana, a la fiesta de Pentecostés, el don del Espíritu Santo. A partir de ese primer pentecostés, hay Iglesia, comunidad de los testigos de Jesús.

Hoy volvemos al momento en que Jesús envía a sus discípulos por el mundo. Esta vez, no lo hace en los mismos términos que en aquellas ocasiones en que los envió de dos en dos. Ahora lo hace “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

El momento es solemne, pero Mateo no oculta que entre los discípulos algunos dudan. No son fanáticos, ni cabezas calientes; siguen siendo hombres libres, pero también débiles. Algunos siguen prefiriendo la bulla del espectáculo a las convicciones personales, el terrenito cercado al horizonte universal a que el Señor los dirige.

Salen en nombre de la Santísima Trinidad. Es lo que tienen: la cercanía de las tres divinas personas, entrelazadas por una comunión tan profunda que no se puede abarcar. El Jesús que conocieron por tres años, ahora se acompaña del Padre con quien Él siempre hablaba y del Espíritu Santo que le aclaraba los caminos llenos de incertidumbres y tentaciones. Los tres son ahora la compañía del discípulo que camina por el mundo, animado por la convicción de haber sido enviado. 
 
Gracias a esa compañía, Jesús pasó por todo tipo de situaciones sintiéndose “el Hijo”, el que vivía en diálogo permanente con su Padre, que no solo sorteó los peligros que le invitaban a renegar de su condición filial, sino también quien logró siempre lo que más complacía a su Padre. Vivió la comunión aunando la fidelidad a su Padre y, al mismo tiempo, siendo consecuente con la fraternidad que le unía incluso a sus adversarios.

Esa compañía cercana del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, se nos da a nosotros que, también hoy, somos enviados a un mundo ancho y, en apariencia, ajeno, pero en el que no deja de resonar el llamado a ser pueblo de Dios, un pueblo de hijos y hermanos.

Invoquemos sobre nosotros la presencia, la comunión y la bendición de la Santísima Trinidad.

UN SOLO DIOS Y ÚNICO SEÑOR (Deut. 4, 32-34.39-40)

Dios rebosante de Amor
y de Palabra sincera
es la familia primera
que nos libra del temor.
Es el único Señor
que su nombre nos revela;
el pecado nos cancela
para que estemos gozosos
y vayamos victoriosos
cuando sigamos su estela.

Nos dejó sus mandamientos
para no errar el camino
que lleva a feliz destino
y guía los sentimientos.
No existen razonamientos
que expliquen la Trinidad:
un solo Dios de bondad
en tres personas divinas,
que se abrazan sin rutinas
y viven en caridad.

    Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 1 de marzo: I de Cuaresma

 

Mt 4,1-11

“...Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás”.

Lunes:  Lv 19,1-2.11-18 / Sal 19 (18) / Mt 25,31-46

“Todas las naciones serán llevadas a su presencia...”.

Martes:  Is 55,10-11 / Sal 34 (33) / Mt 6,7-15

“...su Padre ya sabe lo que necesitan”.

Miércoles:  Jon 3,1-10 / Sal 51 (50) / Lc 11,29-32

“...será una señal para esta generación”.

Jueves:  Est 14,1.3-5.12-14 / Sal 138 (137) / Mt 7,7-12

“Pidan y se les dará...”.

Viernes:  Ez 18,21-28 / Sal 130 (129) / Mt 5,20-26

“...no saldrás de allí hasta que hayas pagado...”.

Sábado: Dt 26,16-19 / Sal 119 (118) / Mt 5,43-48

“...Él hace brillar su sol sobre malos y buenos...”.

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