felicesNoVieronyCreyeronWebEn el evangelio de hoy, el verbo ver se emplea cinco veces para referirse a la experiencia de fe en Jesús resucitado, algo propiamente espiritual.  

“¡Hemos visto al Señor!” Este es el testimonio de la comunidad apostólica. Antes estaban atemorizados y escondidos, mas ahora el miedo se ha desvanecido y se sienten urgidos de comunicar su alegría.

Uno de esos primeros anuncios se dirige a Tomás, quien estaba ausente cuando Jesús se aparece. Sin embargo, Tomás se muestra reservado. La duda –algo humano y razonable– lo refrena. Para no caer en la ingenuidad, pone condiciones a su fe: “Si no veo, no creo.” Quisiera creer, pero exige que la presencia del resucitado entre por sus sentidos corporales, y rechaza el testimonio de la comunidad.

Pero, ¿qué puede presentarle la comunidad? Todo cuanto tiene es la certeza de haber experimentado la presencia de Jesús y de saberlo vivo. No cuentan con ninguna prueba de que Jesús viva. Cuentan con la experiencia interior que compartieron el día de Pascua al atardecer, la fe y la alegría que despertara en ellos la presencia y el saludo del resucitado: “¡Paz a ustedes!”

La semana siguiente, al aparecerse a Tomás, el Señor le hace experimentar una misericordia que no esperaba. También le plantea el valor del testimonio que había rechazado: “¡dichosos los que crean sin haber visto!” Dichosos los que han oído a la comunidad de fe y han creído su testimonio.

“Mire, –me dijo un recién conocido– la Iglesia tiene que dejar atrás ciertas creencias que la ciencia no avala, como lo de la Santísima Trinidad”. Lo miré con cierta indulgencia y compasión: “He aquí –pensé– alguien del siglo XXI que todavía anda queriendo poner a Dios en un platillo de laboratorio para mirarlo al microscopio”. Hay quienes han crecido en este siglo, pero arrastran la incredulidad de ciertos científicos del siglo XIX.

Como Iglesia discipular de Jesús, vivamos con esperanza, alegría y humildad el que Dios nos haya confiado a nosotros, seres limitados y miembros de una Iglesia pecadora, ser testigos de su Hijo resucitado en un mundo tan complejo como el de hoy. No basta con que nos bulla por dentro el regocijo de la primera comunidad en Jerusalén. Aún nos falta manifestar y comunicar lo vivido.

Así lo vivió Tomás: a su llegada, la comunidad lo recibió, no con un reproche por haberse ausentado, sino con el gozo de poder comunicarle la noticia que cambiaría su vida: “Hemos visto al Señor.”

Unánimes y en concordia
(Hch 4, 32-35)

El grupo de los creyentes
se mantiene siempre unido
por ser un pueblo elegido
entre naciones y gentes.
No guarda más alicientes
que a Cristo Resucitado.
El testimonio entregado
al mostrar al Salvador
tiene el inmenso valor
del compartir con agrado.

Unánimes y en concordia
sus pertenencias vendían,
y todo lo repartían
con justa misericordia.
Evitaban la discordia
y sembraban la amistad.
Según su necesidad,
distribuían los bienes:
que en divinos almacenes
nunca falta la bondad.

        Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 15 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Lc 15,1-32

“...estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”

Lunes: 1 Tim 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“...ni siquiera en Israel he hallado una fe tan grande”.

Martes:  1 Tim 3,1-13 / Sal 101 (100) / Lc 7,11-17

“...Es un gran profeta el que nos ha llegado”.

Miércoles:  1 Tim 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”.

Jueves:  1 Tim 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Viernes:  1 Tim 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-13

“...ustedes tienen oídos para oír”.

Sábado: Ef 4,1-7.11-13 / Sal 19 (18) / Mt 9,9-13

“...Me gusta la misericordia más que las ofrendas”.

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